martes, 17 de julio de 2012

Roberto Arlt Los Lanzallamas, HIPÓLITA SOLA

Roberto Arlt
Los Lanzallamas, HIPÓLITA SOLA

A pesar de disponer de dinero, Hipólita ha alquilado una mísera pieza amueblada en un
hotelucho de ínfimo orden.
Después de cerrar la puerta asegurándola con la llave y de extender una toalla sobre la
almohada, tiró los botines a un rincón, y en enaguas entró en la cama. Apretó el botón de la
corriente eléctrica y su cuarto quedó a oscuras. Entre los resquicios de una celosía se distingue
una claridad verdosa, proveniente de un cartel luminoso que hay en la fachada frontera.
Hipólita se frota las sienes.
Sobre su cabeza gira un círculo pesado. Son sus ideas. Adentro de su cabeza un círculo
más pequeño rueda también, con un ligero balanceo en sus polos. Son sus sensaciones.
Sensaciones e ideas giran en sentido contrario. A momentos, sobre las encías siente el
movimiento de sus labios, que fruncen de impaciencia; cierra los ojos. La cama ―que
conserva un soso olor de semen resecado― y el balanceo lento del círculo de sus sensaciones
la sumergen en un abismo. Cuando el círculo de sensaciones se inclina, entrevé por encima de
la elíptica el círculo de sus ideas. Gira también un vértigo de espesura, de recuerdo, de futuro.
Se aprieta las sienes con las manos y dice despacito:
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—¿Cuándo podré dormir?
Hay un guiño de dolor en sus rótulas; las piernas le pesan como si toda la pesantez de su
cuerpo hubiera entrado a sus miembros. El Astrólogo, a la distancia de dos horas de
conversación, está más lejos que su infancia. Sufre, y ninguna imagen adorada toca su
corazón. Y sufre por ese motivo. Luego se dice:
—¿Cuántas verdades tiene cada hombre? Hay una verdad de su padecimiento, otra de su
deseo, otra de sus ideas. Tres verdades. Pero el Astrólogo no tiene deseo. Está castrado.
“Reventaron mis testículos como granadas”, resuena la voz en sus oídos, y la visión del
eunuco pasa ante sus ojos: un bajo vientre rayado por una cárdena cicatriz.
Una sensación de frío roza el oído de Hipólita como saeta de acero. Le taladra los sesos.
Cada vez es más lento el balanceo de sus sensaciones. Arriba de su cabeza puede distinguir
casi el círculo de sus ideas. Son proyecciones fijas, pensamientos, con los que nacen y mueren
un hombre y una mujer. En ellos se detiene el ser humano, como en un oasis que el misterio
ha colocado en él para que repose tristemente.
¿Qué hacer? Cierra nuevamente los ojos. El esposo, loco. Erdosain, loco. El Astrólogo,
castrado. Pero… ¿existe la locura? Busca una tangente por donde salir. ¿Existe la locura? ¿O
es que se ha establecido una forma convencional de expresar ideas, de modo que éstas puedan
ocultar siempre y siempre el otro mundo de adentro, que nadie se atreve a mostrar? Hipólita
mira con rabia la fosforecente mancha verde que brilla en las tinieblas. Quisiera vengarse de
todo el mal que le ha hecho la vida. Células revolucionarias. El Hombre Tentador aparece
ante sus ojos, sentado en la orilla del cantero, deshojando la margarita. No puede más.
Murmura.
—¿Dónde estás, mamita querida?
El corazón se le derrite de pena. ¡Ah, si existiera una mujer que la recibiera entre sus
brazos y le hiciera inclinar la cabeza sobre sus rodillas, y la acariciara despacio! Busca con la
mejilla un lugar fresco en la almohada y pone atención a su pecho, que despacio se levanta y
baja, en la inspiración y espiración. ¡Ah, si esa oblicua de la almohada coincidiera con la
pendiente por la que se puede resbalar al infinito desconocido! Ella se dejaría caer. Claro que
sí, mil veces sí. Una voz de adentro pronuncia casi amenazadora: ¡El hombre! Y ella repite
furiosamente. en pensamiento: el Hombre. Monstruo. ¿Cuándo nacerá la mujer que venza al
monstruo y lo rompa? Sobre las encías siente el rasponazo de los labios que tascan saliva. Y
nuevamente una voz estalla: “Reventaron mis testículos como granadas”. Mas ¿para qué
sirvió eso? ¿Dejó de ser un monstruo? Claro, estará siempre solo, sin una mujer en el lecho.
Bruscamente Hipólita vuelca su flanco hacia la derecha. En el cuarto hay un terrible hedor
a humedad. El tabique deja pasar el ruido del taco de las botas de un hombre que se desviste.
Un punto amarillo luce en el tabique. Es luz del otro cuarto. Piensa: aquí espían. Se acuerda
de que el cuarto tiene el tapizado rojo, y se dice: Quizá saquen fotografías pornográficas. Se
muerde los labios. Allí al lado hay un desgraciado. Yo podría pasar, entrar a su pieza y
hacerlo feliz. Y no lo hago. El pondría los ojos grandes cuando me viera entrar, se arrodillaría
para besarme el vientre, pero después que me hubiera poseído la cama le parecería demasiado
chica para dormir los dos.
Reciamente, Hipólita gira sobre sí misma. Aquel circuito amarillo le es intolerable.
“Células femeninas revolucionarias”. Es cierto entonces. Todo es cierto en la vida. Pero ¿en
dónde se encuentra la verdad que pide a gritos el cuerpo de uno? Y de pronto, Hipólita
exclama:
—¿Qué me importa a mí la felicidad de los otros?
Yo quiero mi felicidad. Mi felicidad. Yo. Yo, Hipólita. Con mi cuerpo, que tiene tres
pecas, una en el brazo, otra en la espalda, otra bajo el seno derecho.
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¡Qué me importan los demás si yo estaré así, siempre triste y sufriendo! Jesús, Jesús era
un hombre. Hipólita sonríe; le causa gracia una idea. Jesús no tenía pinta de “cafishio”. Lo
seguían todas las mujeres. El la hubiera podido hacer “trabajar” a la Magdalena. Se ríe
despacio, tapándose la boca con la almohada. ¿Qué dirá el de al lado? Luego, temerosa de
haber concitado alguna ira misteriosa y alta contra su cabeza, se dice: “Una no tiene la culpa
de pensar ciertas cosas”. En realidad, se ha reído porque ha pensado en el escándalo que
hubieran provocado esas palabras si las hubiera lanzado en una asamblea de mujeres devotas.
El cansancio la aplana lentamente en la cama. Su rostro queda otra vez más rígido. ¿Y por
qué no? ¿Por qué no hacer la prueba? Sublevar a las mujeres. Tiene fuerzas para ello. Repite:
“Tengo sueño y no puedo dormir. Pero ese maldito tampoco tiene sueño. Todavía no apagó la
luz”. En efecto, el disquito amarillo continúa en el muro. ¿Quién será? ¿Algún viejo ladrón
que no encontró a quien robar? ¿Algún asesino? ¿Algún pederasta? ¿Algún muchacho que se
fugó de su casa? ¿Algún marido desdichado?
Hipólita se levanta. La cama está tan gastada que ni rechina el elástico. En puntas de pie
avanza hacia el muro. Encoge el cuerpo. Pone un ojo a la altura del agujero.
Es un viejo, que permanece sentado a la orilla de la cama. Las puntas de sus pies casi
tocan el suelo. Se ha quitado una media. La otra, rota, sirve de fondo rojo al amarillo pie
desnudo. Hipólita mira la cabeza. Tiene sobre el cogote la nuez de la garganta aguda, el perfil
con la mandíbula caída, la frente desmantelada, un ojo inmóvil y globuloso, los labios
despegados. Con un pie descalzo, el hombre, sin pestañear, mira al frente. La luz de la
lámpara suspendida del techo cae sobre su espalda encorvada. Las vértebras dorsales marcan
anfractuosidades en la lustrina del saco. La nuez de la garganta, el labio despegado, el ojo
caduco.
Hipólita mira, cierra los ojos, los vuelve a abrir y ve el pie desnudo, calloso, inmóvil sobre
el dorso de la media roja. Hipólita se siente anonadada ante la inmovilidad de ese cuerpo,
separado de ella por el espesor de un tabique de madera. Tendrá cincuenta años, sesenta.
¡Vaya a saber! El hombre no se mueve, mira a su frente con fijeza de alucinado. Hipólita
siente que en la superficie de su cerebro estallan burbujas de ideas que al hundirse en ella se
ahogan. Le duelen las espaldas de estar tanto inclinada. Pero… ¿cuándo ha hecho el hombre
ese movimiento que ella no vio? Sin embargo, estaba mirando y no ha visto que el viejo
apoyaba en la franela de su camiseta el cañón de un revólver niquelado.
—No —susurra rápidamente un fantasma en el oído de Hipólita.
El ojo globuloso y el labio despegado continúan inmóviles mirando el muro del cuartujo,
la mano que soporta el revólver se separa despacio del pecho, cae sobre la pierna y el hombre
entrecierra lentamente los párpados, mientras que su cabeza cae sobre el pecho. A Hipólita le
parece comprender ese deseo del hombre de dormirse para siempre, sin morir, y se arrodilla.
Instantáneamente ha pensado: “Sufriría menos por él si se hubiera matado”.
Ha pronunciado la oración sincera. Piensa: “Si estuviera Erdosain, comprendería”. No
quiere ya mirar por el agujero. Lo ha visto todo. Se le cae la cabeza de fatiga, como si hubiera
girado mucho sobre sí misma. Las tinieblas dan grandes barquinazos en el vértice de sus ojos.
Con las pupilas deslumbradas y con las manos extendidas en la oscuridad, se deja caer en su
cama. Una náusea profunda solivianta su estómago. ¡El viejo ha tenido miedo de matarse! La
frente de Hipólita suda. Una fuerza misteriosa la inclina horizontalmente de pies a cabeza con
tan suave vaivén, que el sudor frío brota ahora de todos los poros de su cuerpo. Sus brazos
yacen caídos, vacíos de energía. En el estómago le golpean blandamente viscosidades
repugnantes. Y se sumerge en la inconsciencia pensando:
“Mañana le diré que sí al Astrólogo”.

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