jueves, 28 de enero de 2010

El Negro Blanco, Norman Mailer 1957

(...). Uno ha de ser “Hip” o “Square” -alternativa que cada nueva generación que se adentra en la vida americana está empezando a sentir-, uno es rebelde o uno se conforma, uno es un fronterizo en el lado más salvaje de la noche norteamericana o es una celda cuadrada (“square”), atrapado en el tejido totalitario de la sociedad, condenado a la fuerza del conformismo que lo catapulte al éxito.

Una sociedad totalitaria ejerce demandas enormes en el ánimo de los hombres, y una parcialmente totalitaria ejerce aún más grandes demandas con el fin de que la ansiedad general crezca. Verdaderamente, si uno se persigna en ser un hombre, es frecuente que todas las acciones convencionales precisen de un ánimo desproporcional, de modo que no es accidental que la fuente del Hip sea el Negro ya que éste ha vivido en la frontera lindera entre totalitarismo y la democracia durante dos siglos. No obstante, la presencia del Hip en tanto filosofía proletaria de los submundos de la vida norteamericana se debe al jazz y su aguda entrada en la cultura, su subliminal pero penetrante influencia (en algunos casos consciente, en otros por ósmosis) sobre la generación de la vanguardia, aquella generación de aventureros de la post-guerra que absorbiera la lección de disgusto y desilusión que trajeron los años veinte, la Depresión y la Guerra. Al compartir una descreencia colectiva frente a las palabras de aquéllos que tenían ya demasiado dinero, ya demasiado control, juzgaron igualmente poderoso el descreer en la monolíticas ideas del hombre común, la solidez de la familia y el respetable amor por la vida; y si bien el antecendente intelectual de esta generación podría ser trazado a partir de las más diversas influencias -desde D.H Lawrence y Henry Miller hasta Wilhelm Reich- fue la filosofía de Hemingway la que se creyó más viable: en un mundo fatal -como Hemingway lo dijera una y otra vez- no existe amor ni caridad ni piedad ni justicia a menos que un hombre sepa mantener su valor. Pero aún más precisamente, sería el imperativo categorial hemingwayano de que aquello que te hace sentir bien es, consecuentemente, El Bien, lo que encajara mejor en la necesidad del nuevo aventurero. (...)


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