viernes, 9 de marzo de 2012

Extracto de “EL coño de Irene” de Louis Aragon



Extracto de “EL coño de Irene” de Louis Aragon

Lo que pienso, naturalmente, se expresa. El lenguaje de cada uno con cada uno varía. Yo por ejemplo no pienso sin escribir, quiero decir que escribir es mi método de pensamiento. El resto de las veces, al no escribir, solo tengo un reflejo de mi pensamiento, una especie de mueca de mi mismo, como un recuerdo de lo que es. Otros se remiten a distintos procedimientos. Por eso envidio mucho a los eróticos, cuya expresión es el erotismo. Magnifico lenguaje. Realmente no es el mio.
Pese a lo que pienso de lo limitado de la experiencia erótica, de la indefectible, de la inevitable repetición de un tema elemental y perfectamente reductible a toda otra acción indiferente, siento el mas profundo respeto por aquellos para quienes esa limitación aparece como la libertad misma.  Son los verdaderos amos del mundo físico, los perfectos ejecutables de una especie de metafísica de obras notables en las que se resume, para mi, espectador, todo tipo de moralidad. Que aquel que no haya soñado con la idea de una muerte en plena fornicación me interrumpa aquí. Todo lo que en las complicaciones posibles de la voluptuosidad, resulta irremediablemente pobre para los desgraciados individuos de mi temple, tiene para otros, ya lo se, el prodigioso valor metafórico que yo solo concedo a las palabras. Estoy probablemente cerrado a esa poesía particular e inmensa. Lo se. De ahí lo terriblemente finito de mis sensaciones y, peor aun: de mi vida. Erotismo… esa palabra me ha llevado con frecuencia a un campo de reflexiones amargas, paso por orgulloso. Dejémoslo. En la época de la que hablo, ante un mortificante papel pintado de flores, me dejaba llevar en la soledad de mi habitación me dejaba llevar por largas divagaciones sobre las cosas del erotismo y su importancia para mí. La idea erótica es el peor espejo. Lo que se revela en el sobre uno mismo estremece. El primer maniaco que apareciese, como me gustaría ser el primer maniaco que apareciese. Ese deseo me decía mucho sobre mi concepción profunda de toda verdad. No me gusta demasiado pensar en la aventura sexual de nadie, y sin embargo tengo que reconocer que la mía ha sido intensa. La lectura de los diarios nos da a conocer de vez en cuando historias bastante incompletas que van desde el trivial crimen pasional  hasta exceso que nos dejan estupefactos, desviaciones que, a mí, me sumergen en abismos de añoranza y ensueño. Entonces me comparo, entonces dejo de sentirme orgulloso. No soy un mago, no hago esta constatación sin tristeza. La magia del placer es quizás la más extraordinaria, con lo que supone de material, de maravillosamente material. Y su sanción turbadora, el semen parecido a las nieves de las simas.

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