Arthur Rimbaud, Una Temporada en el Infierno (fragmento)
Ya desde niño admiraba al forzado insumiso sobre
el que siempre se cierne el presidio; visitaba las
posadas y tugurios que él había consagrado con su
estancia; veía con su idea el cielo azul y el trabajo
florido del campo; presentía su fatalidad en las ciudades.
Tenía más fortaleza que un santo, más sentido
común que un viajero –y él, ¡él solo! por testigo
de su gloria y su razón.
Por los caminos, durante las noches invernosas, sin
cobijo, sin ropas, sin pan, una voz oprimía mi corazón
helado. “Debilidad o fuerza: hela aquí, es la
fuerza. No sabes a dónde vas ni por qué vas; entra
en todas partes, responde a todo. No te dejarán más
muerto que si fueras ya cadáver. Por la mañana,
tenía la mirada tan perdida y el porte tan mortecino,
que aquellos con quienes me encontré acaso no
me vieron.
En las ciudades, el lodo súbitamente se me antojaba
rojo y negro, como un espejo cuando la lámpara se
mueve en la habitación contigua, ¡como un tesoro
en el bosque! Buena suerte, gritaba, y veía un mar
de llamas y humo en el cielo; y, a izquierda y derecha,
todas las riquezas que destellaban como innúmeros
relámpagos.
/ 17
Pero la orgía y la complicidad con las mujeres me
estaban prohibidas. Ni siquiera un compañero. Me
veía ante una multitud exasperada, encarado al
pelotón de ejecución, llorando la desgracia de que
ellos no hubiesen podido comprender, ¡y perdonando!
–¡Como Juana de Arco! “Curas, profesores,
patronos, os equivocáis entregándome a la justicia.
Yo nunca pertenecí a este pueblo; nunca fui cristiano;
soy de la raza de los que cantaban durante el
suplicio; no comprendo las leyes, no tengo sentido
moral, soy un bruto: os equivocáis...”
Sí, mis ojos están cerrados a vuestra luz. Soy una
bestia, un negro. Pero puedo ser salvado. Vosotros
sois falsos negros, ¡vosotros! maníacos, feroces, avaros.
Mercader, tú eres negro; magistrado, tú eres
negro; general, tú eres negro; emperador, vieja
comezón, tú eres negro: has bebido un licor sin
tasar de la fábrica de Satán. –Este pueblo está inspirado
por la fiebre y el cáncer. Lisiados y ancianos
son tan respetables que piden ser cocidos. Lo más
astuto sería abandonar este continente, donde acecha
la locura para proveer de rehénes a estos miserables.
Yo entro en el verdadero reino de los hijos de
Cam.
¿Todavía conozco la naturaleza? ¿Me conozco a mí
mismo? –Basta de palabras. Sepulto a los muertos en
mi vientre. Gritos, tambor, danza, danza, danza,
18 /
¡danza! Aún no veo el momento en que, al desembarcar
los blancos, me hundiré en la nada.
Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, ¡danza!
_______
Los blancos desembarcan. ¡El cañón! Hay que someterse
al bautismo, vestirse, trabajar.
He recibido en el corazón el impacto de la gracia.
¡Ah, no lo había previsto!
Nunca hice el mal. Los días van a serme leves, se me
evitará el arrepentimiento. No habré padecido las
torturas del alma casi muerta al bien, de donde
asciende la luz severa como los cirios funerarios. El
destino del hijo de buena familia, prematuro ataúd
cubierto de inmaculadas lágrimas. Indudablemente,
el libertinaje es estúpido, el vicio es estúpido; hay
que dejar de lado la podredumbre. ¡Pero el reloj no
llegará a dar más que la hora del dolor puro! ¿Voy a
ser raptado como un niño, para jugar en el paraíso al
amparo de toda desgracia?
¡De prisa! ¿hay otras vidas? –Los sueños de riqueza
son imposibles. La riqueza fue siempre un bien
público. Sólo el amor divino otorga las claves de la
ciencia. Veo que la naturaleza no es sino un espectáculo
de bondad. Adiós quimeras, ideales, errores.
/ 19
El canto vivo de los ángeles se eleva del navío salvador:
es el amor divino. –¡Dos amores! puedo morir
de amor terreno, morir de devoción. ¡He abandonado
almas cuya pena se acrecentará con mi marcha!
Me escogéis entre los náufragos; ¿acaso no son amigos
míos los que se quedan?
¡Salvadlos!
Me ha nacido la razón. El mundo es bueno.
Bendeciré la vida. Amaré a mis hermanos. Esto ya no
son promesas de la infancia. Ni la esperanza de escapar
a la vejez y la muerte. Dios es mi fuerza, y yo
alabo a Dios.
_______
El tedio ha dejado de ser mi amor. Las rabias, el
libertinaje, la locura, cuyos arrebatos y desastres
conozco –he soltado toda mi carga. Apreciemos sin
vértigo la extensión de mi inocencia.
No sería ya capaz de pedir el consuelo de una paliza.
No me imagino embarcado en una boda teniendo
a Jesucristo como suegro.
No soy prisionero de mi razón. He dicho: Dios. Quiero
la libertad en la salvación: ¿como alcanzarla? Las aficiones
frívolas me han abandonado. Ni la devoción ni
el amor divino me son ya necesarios. No añoro el siglo
20 /
de los corazones sensibles. Cada cual tiene su razón,
desprecio y caridad: conservo mi lugar en lo alto de
esta arcangélica escala de sentido común.
En cuanto a la felicidad establecida, doméstica o
no... no, no puedo. Soy excesivamente derrochador,
demasiado débil. La vida florece por el trabajo, antigua
verdad: en cuanto a mí, mi vida no tiene el peso
suficiente, echa a volar y flota lejos, por encima de
la acción, ese querido lugar del mundo.
¡En qué solterona me estoy convirtiendo, a falta de
coraje para amar la muerte!
Si Dios me concediese la calma celestial, levitante, la
plegaria –como a los antiguos santos– ¡los santos!,
¡hombres fuertes!, anacoretas, ¡artistas de esos que
ya no hacen falta!
¡Continua farsa! Mi inocencia me haría llorar. La
vida es la farsa que todos hemos de llevar a cabo.
sábado, 30 de junio de 2012
viernes, 29 de junio de 2012
Raymond Carver, BOLSAS
Es octubre, un día húmedo. Desde la
ventana del hotel veo demasiadas cosas de esta ciudad del Medio Oeste. Veo
cómo se encienden las luces de algunos edificios, veo cómo el humo de las altas
chimeneas se alza en columnas espesas. Me gustaría no tener que mirar.
Quiero contarles una historia que me contó mi padre cuando el año
pasado pasé unas horas en Sacramento. Se refiere a ciertos hechos que le
acontecieron dos años antes de aquel tiempo, entendiendo por aquel tiempo el
inmediatamente anterior a que mi madre y él se divorciaran.
Soy vendedor de libros. Represento a una
firma muy conocida. Publicamos libros de texto, y tenemos la sede en Chicago.
Mi zona es Illinois, y partes de Iowa y de Wisconsin. Había asistido en Los
Angeles a la convención de la Western Book Publishers Association cuando se me
ocurrió visitar a mi padre unas cuantas horas. No lo había vuelto a ver desde
el divorcio, ¿comprenden? Así que saqué su dirección de la cartera y le envié
un telegrama. A la mañana siguiente facturé mis cosas hasta Chicago y me
embarqué en un avión con destino a Sacramento.
Tardé un minuto en verle. Estaba donde
todo el mundo, es decir, detrás de la puerta de salida. Pelo blanco, gafas,
pantalones marrones de tela indeformable.
—Papá, ¿cómo estás? —pregunté.
El sólo dijo:
—Les.
Nos dimos un apretón de manos y fuimos
hacia la terminal.
—¿Cómo están Mary y los chicos? —quiso
saber.
—Todos estupendamente —respondí, y no era
cierto.
Abrió una bolsa blanca de confitería.
Explicó:
—He comprado algo que quizá quieras llevarte. No es gran cosa. Unos
Almond Roca para Mary y unos caramelos blandos para los chicos.
—Gracias —dije.
—No olvides la bolsa cuando te vayas —me
advirtió.
Dejamos pasar a unas monjas que corrían hacia las puertas de embarque.
—¿Una copa o un café? —le pregunté.
—Lo que tú quieras —contestó—. Pero no tengo coche —precisó.
Encontramos el bar, nos trajeron las
bebidas, encendimos los cigarrillos.
—Bueno, aquí estamos —dije.
—Sí —asintió.
Me encogí de hombros y repetí: —Sí.
Me eché hacia atrás en mi asiento y
aspiré profundamente, inhalando —me pareció— el aire de infortunio que rodeaba
su cabeza.
Dijo:
—Calculo que el aeropuerto de Chicago es
cuatro veces más grande que éste.
—Es aún mayor —le aseguré.
—Creía que era grande —dijo.
—¿Desde cuándo usas gafas? —le pregunté.
—Desde hace poco.
Tomó un trago largo, y acto seguido fue
al grano.
—Me hubiera gustado morirme —dijo. Puso sus grandes brazos a ambos
lados del vaso—. Eres un hombre educado, Les. La persona idónea para
comprenderlo.
Levanté un costado del cenicero para leer
lo que había
escrito dentro: CLUB
HARRAH / RENO Y LAKE TAHOE / BUENOS LUGARES DE DIVERSIÓN.
—Era una vendedora de productos Stanley.
Una mujer menuda, con pequeños pies y pequeñas manos y pelo negro como el carbón.
No era la mujer más bella del mundo. Pero sus modales eran muy delicados. Tenía
treinta años y tenía hijos. Pero, aunque pasó lo que pasó, era una mujer
decente.
»Tu madre le compraba siempre cosas: una
escoba, una fregona, algún relleno de pastel... Ya conoces a tu madre. Era
sábado, y me había quedado en casa. Tu madre se había ido a no sé dónde. No sé
dónde estaba. Pero no estaba trabajando. Yo leía el periódico y tomaba una taza
de café en la sala cuando llamaron a la puerta. Era esa mujer menuda. Sally Wain. Me dijo que
tenía unas cosas para la señora Palmer. "Soy el señor Palmer", digo
yo. "La
señora Palmer no está
en este momento", le explico. La invito a pasar, ya sabes, con intención de pagarle las cosas que traía. Se quedó allí,
vacilante. Allí de pie, sosteniendo la pequeña bolsa de papel y el recibo.
»—Vamos, démela —le sugiero—. ¿Por qué no
pasa y se sienta un momento mientras veo si encuentro algo de dinero?
»—No se preocupe —responde ella—. Puede dejarlo a deber. Hay mucha gente que lo hace. No hay problema. —Sonríe para
darme a entender que no hay problema, ya sabes.
»—No, no —insisto yo—. Prefiero pagarlo
ahora. Así le ahorro un viaje y me ahorro tener deudas. Pase —digo, y mantengo
abierta la puerta de tela metálica. No era cortés tenerla allí de pie en la
puerta.
Mi padre tosió y cogió uno de mis cigarrillos. Al fondo del bar una
mujer reía. La miré, y luego volví a leer la leyenda del cenicero.
—Así que pasa, y yo digo: «Un momento, por favor», y entro en el
dormitorio a buscar mi cartera. Miro en el tocador, pero no la encuentro. Hay
algo de cambio y cerillas y mi peine, pero no logro dar con mi cartera. Tu
madre se había pasado la mañana limpiando, ya sabes. Así que vuelvo a la sala y
comento: «Bueno, ya encontraré algo.»
»—Por favor, no se moleste —dice ella.
»—No es molestia —insisto—. Tengo que encontrar mi cartera, de todas
formas. Póngase cómoda.
»—Oh, estoy bien —contesta.
»—Mire
—digo—. ¿Ha oído lo del gran atraco en el Este? Estaba leyéndolo ahora.
»—Lo vi en la televisión anoche
—responde.
»—Huyeron sin ningún problema —explico.
»—Lo hicieron muy inteligentemente
—asiente.
»—El crimen perfecto —digo.
»—A muy pocos les sale bien —sentencia.
»Yo ya no sabía cómo continuar. Estábamos allí de pie, mirándonos. Así
que salí al porche y busqué mis pantalones en la cesta, donde supuse que los
había puesto tu madre. Encontré la cartera en el bolsillo trasero y volví a la
sala y le pregunté cuánto le debía.
»Eran tres o cuatro dólares. Le pagué. Entonces, no sé por qué, le
pregunté qué haría con el dinero si lo hubiera conseguido ella, con todo aquel
dinero que se habían llevado los atracadores.
»Se rió y vi sus dientes.
»Y entonces no sé lo que me pasó, Les. Cincuenta y cinco años. Hijos
ya mayores. Me daba perfecta cuenta de que no debía. Aquella mujer tenía la
mitad de años que yo, y chiquillos en el colegio. Vendía para Stanley durante
el horario escolar, sólo para ocuparse en algo. No tenía necesidad de trabajar.
Tenían lo suficiente para salir adelante. Su marido, Larry, era chófer en la Consolidated Freight. Ganaba un buen sueldo. Camionero, ya
sabes.
Calló y se pasó el pañuelo por la cara.
—Todos nos equivocamos alguna vez —dije.
Sacudió la cabeza.
—Tenía dos chicos, Hank y Freddy.
Se llevaban como un año.
Me enseñó unas fotos. En fin, se ríe cuando digo lo del dinero, asegura que
dejaría de vender productos Stanley y que se iría a Dago y compraría una casa.
Comentó que tenía parientes en Dago.
Encendí otro cigarrillo. Miré el reloj. El barman levantó las cejas y
yo levanté el vaso.
—Estaba sentada en el sofá y me preguntó si
tenía un cigarrillo. Dijo que se los había dejado en el otro bolso, y que no
fumaba desde que había salido de casa. Dijo que odiaba comprar un paquete en
una máquina teniendo un cartón en casa. Le doy un cigarrillo y sostengo una
cerilla para que lo encienda. Pero, créeme, Les, me temblaban los dedos.
Calló y examinó las botellas unos instantes. La mujer que había reído
antes ceñía con ambos brazos los de los hombres que tenía a los lados.
—Lo que vino después lo recuerdo vagamente. Recuerdo que le pregunté si
quería un café. Dije que acababa de hacerlo. Ella dijo que tenía que irse. Que
quizá tenía tiempo para tomar una taza. Fui a la cocina y esperé a que el café
se calentara. Te lo aseguro, Les, te lo juro por Dios: jamás le había sido
infiel a tu madre en todo el tiempo en que fuimos marido y mujer. Ni una sola
vez. Hubo veces en que me apetecía y se me presentaba la ocasión. Créeme, tú no conoces a
tu madre como la conozco yo. Le corté:
—No tienes por qué darme explicaciones.
—Le llevé el café. Para entonces se había quitado el abrigo. Me siento
en el otro extremo del sofá y empezamos a hablar de cosas más personales. Me
dice que tiene dos chicos en la escuela primaria Roosevelt y que Larry es
camionero y que a veces está fuera una o dos semanas. En Seattle, o en Los
Angeles, o incluso en Phoenix. Siempre por ahí. Me cuenta que conoció a Larry
en la escuela secundaria. Dice que se siente orgullosa de haber llevado esa
vida desde entonces. En fin, al poco suelta una risita por algo que yo he
dicho. Era algo con doble sentido. Entonces me pregunta si conozco el del
viajante de zapatos que llama a la puerta de la viuda. Nos reímos, y entonces
le cuento uno un poco más picante. Ahora se ríe con ganas, y se fuma otro
cigarrillo. Una cosa lleva a la otra, eso es lo que pasaba, ¿entiendes?
»Bien, entonces la besé. Le incliné la cabeza sobre el respaldo del
sofá y la besé, y aún siento su lengua moviéndose inquieta para meterse dentro
de mi boca. ¿Comprendes lo que digo? Uno puede vivir obedeciendo todas las
normas y un buen día, de pronto, nada importa un pimiento. Se te acaba la buena
estrella, ¿entiendes?
«Pero todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Y luego me espeta:
"Creerás que soy una puta o algo así", y luego se marchó sin más.
«Estaba tan excitado, ¿sabes? Ordené el
sofá y di la vuelta a los cojines. Doblé todos los periódicos y hasta lavé las
tazas que habíamos usado. Todo el tiempo pensaba en cómo iba a mirar cara a
cara a tu madre. Estaba asustado.
«Bien, así es como empezó. Tu madre y yo
seguimos como siempre. Pero empecé a ver a esa mujer con asiduidad.
La mujer del fondo del bar se bajó del
taburete. Avanzó hacia el centro del local y se puso a bailar. Echaba la
cabeza de un lado para otro y hacía chasquear los dedos. El barman dejó de
preparar bebidas. La mujer levantó los brazos por encima de la cabeza y se
movió describiendo un pequeño círculo sobre el piso. Pero luego dejó de hacerlo
y el barman volvió a sus cosas.
—¿Has visto eso? —preguntó mi padre.
Pero yo no dije ni una palabra.
—Así es como funcionó la cosa
—prosiguió—. Larry tenía su calendario de viajes, y yo iba a verla siempre que
podía. A tu madre le decía que iba a algún sitio.
Se quitó las gafas y cerró los ojos.
—No se lo había contado a nadie.
¿Había
algo que comentar a esto? Miré hacia las pistas y luego mi reloj.
—Escucha, ¿a qué hora sale tu avión? ¿No podrías coger otro? Deja que
invite a otra copa, Les. Pide dos más. Me daré prisa. Acabaré de contártelo en un
minuto. Escucha.
«Tenía la foto de Larry en el cuarto, al lado de la cama. Al principio
me molestaba; ver su fotografía allí y todo eso. Pero al cabo de un tiempo me
acostumbré a ella. ¿Te das cuenta de cómo nos habituamos a las cosas? —Sacudió
la cabeza—. Es increíble. Bueno, pues, todo acabó mal. Ya lo sabes. Lo sabes
todo perfectamente.
—Sólo sé lo que me cuentas —dije.
—Escucha, Les. Déjame explicarte lo realmente importante en este
asunto. ¿Sabes?, hay cosas. Hay cosas más importantes que el hecho de que tu
madre me dejara. Verás, escucha esto. Estábamos en la cama un día. Debía de ser
sobre el mediodía. Estábamos allí acostados, charlando. Puede que yo estuviera
dando una cabezada. Esa especie de duermevela extraño, como con sueños, ya sabes.
Pero al mismo tiempo me digo que no debo olvidar que tengo que levantarme e
irme. Y en eso estoy cuando el coche entra en el jardín y alguien se baja y
cierra de golpe la puerta.
»—Dios mío —chilla ella—. ¡Es Larry!
»Debí de enloquecer. Me parece recordar que pensé que si salía
corriendo por la puerta de atrás, él me iba a aplastar contra la gran valla del
jardín, y quizás hasta me matara. Sally hacía un ruido extraño con la boca.
Como si no pudiera respirar. Tenía puesta la bata, pero la llevaba abierta, y
estaba en la cocina sacudiendo la cabeza. Todo está sucediendo a un tiempo, ya
entiendes. Y allí estoy yo, casi desnudo, con las ropas en la mano, y Larry
abriendo la puerta principal. Bien, salto. Salto contra el ventanal, así, a
través del cristal.
—¿Conseguiste escapar? —pregunté—. ¿No te persiguió?
Mi padre me miró como si me hubiera vuelto loco. Fijó la mirada en su
vaso vacío. Yo miré el reloj, me estiré. Tenía un ligero dolor de cabeza a la
altura de los ojos.
Comenté:
—Creo que tendré que ir para allí en seguida. —Me pasé la mano por la
barbilla y me ajusté bien el cuello de la camisa—. ¿Sigue en Redding esa mujer?
—¿No entiendes nada, verdad? —dijo mi padre—. No entiendes nada de
nada. Sólo sabes vender libros.
Era casi la hora de marcharme.
—Oh, Dios, lo siento —exclamó—. El hombre se derrumbó, eso es lo que
pasó. Se dejó caer en el suelo y se echó a llorar.
Ella se quedó en la cocina. Se quedó allí, llorando. Se puso de rodillas y
empezó a implorar a Dios, a voz
en grito para que su marido la oyera.
Mi padre empezó a decir algo más. Pero en lugar de seguir movió la
cabeza. Puede que quisiera que fuera yo quien me pusiera a hablar.
Y al cabo añadió:
—No, tienes que coger el avión.
Le ayudé a ponerse el abrigo; luego lo conduje por el codo.
—Te dejaré en un taxi —propuse. El dijo:
—Quiero verte despegar.
—De acuerdo —asentí—. Quizá la próxima
vez.
Nos dimos la mano. Y no lo he vuelto a ver. Camino de Chicago, caí en
la cuenta de que había olvidado la bolsa de los regalos en el bar. Mejor. Mary
no necesitaba dulces, ni Almond Roca ni nada parecido.
Esto fue el año pasado. Ahora lo necesita aún menos.
martes, 26 de junio de 2012
Oliverio Girondo, No se Me importa un pito.
No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"… y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes…
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"… y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes…
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.
lunes, 25 de junio de 2012
Rene Descartes, Discurso Del Metodo. Fragmento
Rene Descartes, Discurso Del Metodo. Fragmento(...) ¿que es lo que puede separarse de mi mismo? tan manifiesto es que yo soy el que dudo, el que conozco y el que quiero, que no se me ocurre nada para explicarlo mas claramente. por otra parte yo soy el que imagino, dado que, aunque ninguna cosa imaginada sea cierta, existe con todo el poder de imaginar, que es una parte de mi pensamiento.
lunes, 28 de mayo de 2012
La Conjura De Los Necios, John Kennedy Toole (fragmento)
Cuando
yo asistía esporádicamente, a las clases de graduados, conocí un día en la
cafetería a la señorita Myrna Minkoff, joven pregraduada, una escandalosa y
ofensiva doncella del Bronx. Esta especialista del universo del Gran Hormiguero
se sintió atraída a la mesa en la cual tenía yo mi corte, por la singularidad y
el magnetismo de mi ser. Cuando la magnificencia y la originalidad de mision del mundo se hizo patente a través de la conversación, la Minkoff
empezó a atacarme a todos los niveles, llegando incluso, en determinado
momento, a darme patadas, bastante vigorosas, por debajo de la mesa. Yo la
fascinaba y la confundía al mismo tiempo; era, en suma, demasiado para ella. El
provincianismo de los ghettos de Gotham no la había preparado para el carácter
único y singular de Vuestro Chico Trabajador. Myrna,
en fin, creía que todos los seres humanos que vivían al sur y al oeste del río
Hudson eran vaqueros iletrados o (peor aún) protestantes blancos, una clase de
seres humanos que como grupo se especializó en la ignorancia, la crueldad y la
tortura. (No deseo yo defender concretamente a los blancos protestantes;
tampoco les tengo en demasiada estima.)
Los
modales brutales de Myrna pronto alejaron a mis cortesanos de la mesa, y nos
quedamos solos, todo café frío y palabras ardientes. Cuando manifesté mi
desacuerdo con sus rebuznos y parloteos, me dijo que yo era evidentemente un
antisemita. Sus razonamientos eran una mixtura de medias verdades y de tópicos,
su visión del mundo un compuesto de concepciones erróneas que se derivaban de
una historia de nuestra nación, escrita desde la perspectiva de un túnel de
metro. Escudriñó en su gran valija negra y me asaltó (casi literalmente) con
pringosos ejemplares de Hombres y masas y ¡Ahora! y A las barricadas y
Agitación y Cambio y diversos manifiestos y panfletos pertenecientes a
organizaciones de las que ella era el miembro más activo: Estudiantes por la
libertad, Juventud por el sexo, Los musulmanes negros, Amigos de Lituania, Los
hijos del mestizaje, Consejos de ciudadanos blancos. Myrna estaba, en fin,
terriblemente comprometida con su sociedad; yo, por mi parte, más viejo y más
sabio, estaba terriblemente descomprometido.
Había
conseguido sacarle algo de dinero a su padre para venir a la universidad a ver
cómo estaban las cosas «por el sur». Desgraciadamente, me encontró a mí. El
trauma de nuestro primer encuentro alimentó el masoquismo mutuo y desembocó en
una especie de affair (platónico, claro está). (Myrna era decididamente
masoquista. Sólo era feliz cuando un perro policía hundía sus colmillos en sus
leotardos negros o cuando la arrastraban por los pies escaleras abajo para
sacarla de una audiencia del Senado.) He de admitir que siempre sospeché que
Myrna estaba interesada en mí sensualmente; mi actitud rigurosa hacia el sexo
le intrigaba. En cierto modo, me convertí para ella en otra especie de causa.
Logré, no obstante, desbaratar todos sus intentos de asaltar la fortaleza de mi
cuerpo y mi inteligencia. Myrna y yo, por separado, confundíamos a la mayoría
de los estudiantes, pero en pareja confundíamos doblemente a aquellos
sonrientes cabezas de chorlito sureños, que constituían la mayor parte del
cuerpo estudiantil. Según tengo entendido, los rumores que corrían por el
campus nos ligaban a las intrigas más inconcebiblemente depravadas.
La
panacea de Myrna, para cualquier cosa, desde arcas caídas hasta depresión
nerviosa, era el sexo. Propagó diligentemente esta doctrina con desastrosas
consecuencias para dos bellezas sureñas a las que tomó bajo su protección, con
el propósito de renovar sus mentes atrasadas. Siguiendo el consejo de Myrna, y
con la solícita colaboración de varios jóvenes, una de estas sencillas
muchachas sufrió una crisis nerviosa; la otra intentó, sin éxito, abrirse las
venas con una botella rota de cocacola. La explicación de Myrna fue que las
chicas eran, en esencia, demasiado reaccionarias; y predicó con renovado vigor
la libertad sexual en todas las aulas y pizzerias, logrando que casi la violase
un bedel de la Facultad de Sociología. Yo, entretanto, procuraba guiarla por el
camino de la verdad.
Tras
unos cuantos semestres, Myrna desapareció de la universidad, diciendo, a su
modo ofensivo: «Este lugar no puede enseñarme nada que ya no sepa.» Los
leotardos negros, la tupida mata de pelo y la valija monstruosa desaparecieron;
el campus, con sus hileras de palmeras, volvió al letargo y el besuqueo
tradicionales. He vuelto a ver a esa ramera liberada algunas veces, pues, de
cuando en cuando, se embarca en una «gira de inspección» por el Sur, parando en
Nueva Orleans para arengarme e intentar seducirme con sus lúgubres cantos de
cárcel y cadena y de cuadrilla, que rasguea en su guitarra. Myrna es muy
sincera. Por desgracia, también es muy ofensiva.
Cuando
la vi tras su último «viaje de inspección», estaba bastante sucia y
desvencijada. Había hecho paradas por el Sur rural, para enseñar a los negros
canciones populares que había aprendido en la Biblioteca del Congreso. Parece
ser que los negros preferían la música contemporánea y que encendían sus
transistores ruidosa y desafiantemente cuando Myrna iniciaba una de sus
lúgubres endechas. Aunque los negros habían procurado ignorarla, los blancos
habían mostrado gran interés por ella. Bandas de blancos pobres y fanáticos la
habían echado de los pueblos, le habían pinchado los neumáticos, la habían
azotado los brazos. La habían perseguido sabuesos, le habían aplicado aguijadas
eléctricas, la habían mordido perros policías, la habían rozado ligeramente con
perdigones. Ella había disfrutado infinito, y me había enseñado muy orgullosa
(y, podría añadir, muy sugestivamente) la marca de un colmillo en la parte
superior de uno de sus muslos. Mis ojos perplejos e incrédulos apreciaron que
en aquella ocasión llevaba medias oscuras y no leotardos. Pero no se encendió
por ello mi sangre
domingo, 27 de mayo de 2012
LAS MIL Y UNA NOCHES, Anonimo (fragmento)
“Había en la ciudad de Bagdad un hombre que era soltero y además mozo de cordel.
Un día entre los días, mientras estaba en el zoco, indolentemente apoyado en su espuerta,
se paró delante de él una mujer con un ancho manto de tela, de Mussul, en seda sembrada
de lentejuelas de oro y forro de brocado. Levantó un poco el velillo de la cara y
aparecieron por debajo dos ojos negros, con largas pestañas, y ¡qué párpados! Era esbelta,
sus manos Y sus pies muy pequeños, y reunía, en fin, un conjunto de perfectas cualidades.
Y dijo con su voz llena de dulzura: “¡Oh mandadero! coge la espuerta y sígueme.” Y
el mandadero, sorprendidísimo, no supo si había oído bien, pero cogió la espuerta y siguió
a la joven, hasta que se detuvo a la puerta de una casa. Llamó y salió un nusraní, que
por un dinar le dio una medida de aceitunas, y ella las puso en la espuerta, diciendo al
mozo: “Lleva eso y sígueme.” Y el mandadero exclamó: “¡Por Alah! ¡Bendito día!” Y
cogió otra vez la espuerta y siguió a la joven. Y he aquí que se paró ésta en la frutería y
compro manzanas de Siria; membrillos osmaní, melocotones de Omán; jazmunes de Alepo,
nenúfares de Damasco, cohombros del Nilo, limones de Egipto, cidras sultaní, bayas
de mirto, flores de henné, anémonas rojas de color de sangre, violetas, flores de granado
y narcisos. Y lo metió todo en la espuerta del mandadero, y le dijo: “Llévalo.” Y él lo ll evó,
y la siguió hasta que llegaron a la carnicería, donde dijo la joven. “Corta diez artal de
carne”. Y el carnicero cortó los diez artal, y ella los envolvió en hojas de banano, los metió
en la espuerta, y dijo: “Llévalo, ¡oh mandade ro!” Y él lo llevó así, y la siguió hasta
encontrar un vendedor de almendras, al cual compró la joven toda clase de almendras,
diciendo al mozo. “Llév alo y sígueme.” Y cargó otra vez con la espuerta y la siguió hasta
llegar a la tienda de un confitero, y allí compró ella una bandeja y la cubrió de cuanto
había en la confitería: enrejados de azúcar con manteca, pastas aterciopeladas perfumadas
con almizcle y deliciosamente rellenas, bizcochos llamados sabun, pastelillos, tortas de
limón, confituras sabrosas, dulces llamado muchabac, bocadillos huecos llamados lucmet-
el-kadí, otros cuyo nombre es assabihzeinab, hechos con manteca, miel y leche.
Después colocó todas aquellas golosinas en la bandeja, y la bandeja encima de la espuerta.
Entonces el mandadero dijo: “Si me hubi eras avisado habría alquilado una mula para
cargar tanta cosa.” Y la joven sonrió al oírlo. Después se detuvo en casa de un destilador
y compró diez clases de aguas: de rosas de azahar y otras muchas; y varias bebidas embriagadoras,
como asimismo un hisopo para aspersiones de agua de rosas almizclada, granos
de incienso macho, palo de áloe, ámbar gris y almizcle, y finalmente velas de cera de
Alejandría. Todo lo metió en la espuerta, y dijo al mozo: “lleva la espuerta y sígueme.” Y
el mozo la siguió, llevando siempre la espuerta, hasta que la joven llegó a un palacio, todo
de mármol, con un gran patio que daba al jardín de atrás. Todo era muy lujoso, y el
pórtico tenía dos hojas de ébano, adornadas con chapas de oro rojo.
La joven llamó, y las dos hojas de la puerta se abrieron. El mandadero vio entonces que
había abierto la puerta otra joven, cuyo talle, elegante y gracioso, era un verdadero modelo,
especialmente por sus pechos redondos y salientes, su gentil apostura, su belleza, y
todas las perfecciones de su talle y de todo lo demás. Su frente era blanca como la primera
luz de la luna nueva, sus ojos como los ojos de las gacelas, sus cejas como la luna creciente
del Ramadán, sus mejillas como anémonas, su boca como el sello de Soleimán, su
rostro como la luna llena al salir.
Por eso, a su vista, notó el mozo que se le iba el juicio y que la espuerta se le venía al
suelo. Y dijo para sí “ ¡Por Alah! ¡En mi vida he tenido un día tan bendito como el de
hoy!”
Entonces esta joven tan admirable dijo a su hermana la proveedora y al mandadero:
“¡Entrad, y que la acogida aquí sea para vosotros tan amplia como agradable!”
Y entraron, y acabaron por llegar a una sala espaciosa que daba al patio, adornada con
brocados de seda y oro, llena de lujosos muebles con incrustaciones de oro, jarrones,
asientos esculpidos, cortinas y unos roperos cuidadosamente cerrados. En medio de la
sala había un lecho de mármol incrustado con perlas y esplendorosa pedrería, cubierto
con un dosel de raso rojo. Sobre él estaba extendido un mosquitero de fina gasa, también
roja, y en el lecho había una joven de maravillosa hermosura, con ojos babilónicos, un
talle esbelto como la letra aleph, y un rostro tan bello, que podía envidiarlo el sol luminoso.
Era una estrella brillante, una noble hermosura de.Arabia, como dijo el poeta:
¡El que mida tu talle, ¡oh joven! y lo campare por su esbeltez con la delicadeza de una
rama flexible, juzga con error a pesar de su talento! ¡Porque tu talle no tiene igual, ni tu
cuerpo un hermano!
¡Porque la rama sólo es linda en el árbol y estando desnuda! ¡Mientras que tú eres
hermosa de todos modos, y las ropas que te cubren son únicamente una delicia más!
Entonces la joven se levantó, y llegando junto a sus hermanas, les dijo: “¿Por qué pe rmanecéis
quietas? Quitad la carga de la cabeza de ese hombre.” Entonces entre las tres le
aliviaron del peso. Vaciaron la espuerta, pusieron cada cosa en su sitio, y entregando dos
dinares al mandadero, le dijeron: “¡Oh man dadero! vuelve la cara y vete inmediatamente.”
Pero el mozo miraba a las jóvenes, encantado de tanta belleza y tanta pe rfección,
y pensaba que en su vida había visto nada semejante. Sin embargo, chocábele
que no hubiese ningún hombre en la casa. En seguida se fijó en lo que allí había de bebidas,
frutas, flores olorosas y otras cosas buenas, y admirado hasta el límite de la admiración,
no tenía maldita la gana de marcharse.
Entonces la mayor de las doncellas le dijo: “¿Por qué no te vas? ¿Es que te parece poco
el salario?” Y se volvió hacia su hermana, la que había hecho las compras, y le dijo: “D ale
otro dinar.” Pero el man dadero replicó: “¡Par Alah, señoras mías! Mi salario suele ser
la centesima parte de un dinar, por lo cual no me ha parecido escasa la paga. Pero mi corazón
está pendiente de vosotras. Y me pregunto cuál puede ser vuestra vida, ya que vivís
en esta soledad, y no hay hombre que os haga compañía. ¿No sabéis que un minarete sólo
vale algo con la condición de ser uno de los cuatro de la mezquita? Pero ¡oh señoras mías!
no sois más que tres, y os falta el cuarto. Ya sabéis que la dicha de las mujeres nunca
es perfecta si no se unen con los hombres. Y, coma dice el poeta, un acorde no será jamás
armonioso como no se reúnan cuatro instrumentos: el arpa, el laúd, la cítara y la flauta.
Vosotras, ¡oh señoras mías! sólo sois tres, y os falta el cuarto instrumento: la flauta. ¡Yo
seré la flauta, y me conduciré como un hombre prudente, lleno de sagacidad e inteligencia,
artista hábil que sabe guardar un secreto!”
Y las jóvenes le dijeron: “¡Oh mandadero! ¿no sabes tú que somos vírgenes? Por eso
tenemos miedo de fiarnos de algo. Porque hemos leído lo que dicen los poetas: “Desconfía
de toda confidencia, pues un secreto revelado es secreto perdido.”
Pero el mandadero exclamó: “¡Ju ro por vuestra vida, ¡oh señoras mías! que yo soy un
hombre prudente, seguro y leal! He leído libros y he estudiado crónicas. Sólo cuento casas
agradables, callándome cuidadosamente las cosas tristes. Obro en toda ocasión según
dice el poeta:
¡Sólo el hombre juicioso sabe callar el secreto! ¡Sólo los mejores entre los hombres
saben cumplir sus promesas!
¡Yo encierro los secretos en una casa de sólidos candados, donde la llave se ha perdido
y la puerta está sellada!”
Y escuchando los versos del mandadero, muchas otras estrofas que recitó y sus improvisaciones
rimadas, las tres jóvenes se tranquilizaron; pero para no ceder en seguida, le
dijeron: “Sabe, ¡oh mandadero! que, en este palacio hemos gastado el dinero en enormes
cantidades. ¿Llevas tú encima con que indemnizarnos? Sólo te podremos invitar con la
condición de que gastes mucho oro. ¿Ácaso no es tu deseo permanecer con nosotras,
acompañarnos a beber, y singularmente hacernos velar toda la noche, hasta que la aurora
bañe nuestros rostros?” Y _la mayor de las doncellas añadió: “Amor sin dinero no puede
servir de buen contrapeso en el platillo de la balanza.” Y la que había abierto la pue rta,
dijo: “Si no tie nes nada, vete sin nada.” Pero en aquel momento i ntervino la proveedora,
y dijo: “¡Oh hermanas mías! Dejemos eso, ¡por Alah! pues este muchacho en nada ha de
amenguarnos el día. Además, cualquier otro hombre no habría tenido con nosotras tanto
comedimiento. Y cuando le toque pagar a él, yo lo abonaré en su lugar.”
Entonces el mandadero se regocijó en extremo, y dijo a la que le había defendido: “¡Por
Alah! A ti te debo la primer ganancia del día.” Y dijeron las tres: “Quédate, ¡oh b uen
mandadero! y te tendremos sobre nuestra cabeza y nuestros ojos,” Y en seguida la proveedora
se levantó y se ajustó el cinturón. Luego dispuso los frascos, clarificó el vino por
decantación, preparó el lugar en que habían de reunirse cerca del estanque, y llevó allí
cuanto podían necesitar. Después ofreció el vino y todo el mundo se sentó, y el mandadero
en medio de ellas, en el vértigo, pues se figuraba estar soñando.
Y he aquí que la proveedora ofreció la vasija del vino y llenaron la copa y la bebieron,
y así por segunda y por tercera vez. Después la proveedora la llenó de nuevo y la presentó
a sus hermanas, y luego al mandadero. Y el mandadero, extasiado, improvisó esta composición
rimada:
¡Bebe este vino! ¡Él es la causa de toda nuestra alegría! .¡Él da al que lo bebe fuerzas y
salud! ¡Él es el único remedio que cura todos los males!
¡Nadie bebe el vino origen de toda alegría, sin sentir las emociones más gratas! ¡La
embriaguez es lo único que puede saturarnos de voluptuosidad!
Después besó las manos a las tres doncellas, y vació la copa. En seguida, aproximandose
a la mayor, le dijo: “¡Oh señora mía! ¡Soy tu escla vo, tu cosa y tu propiedad!” Y recitó
estas estrofas en honor suyo:
¡A tu puerta espera de pie un esclavo de tus ojos, acaso el más humilde de tus esclavos!
¡Pero, conoce a su dueña! ¡Él sabe cuánta s su generosidad y sus beneficios! ¡Y sobre
todo, sabe cómo se lo ha de agradecer!
Entonces ella le dijo ofreciéndole la copa: “Bebe, ¡oh amigo mío! que la bebida, te
aproveche y la digieras bien. Que ella te de fuerzas para el camino de la verdadera salud.”
Y el mandadero cogió la copa, besó la mano a la joven, y una voz dulce y modulada
cantó quedamente estos versos:
¡Yo ofrezco: a mi amiga un vino resplandeciente como sus mejillas, mejillas tan luminosas,
que sólo la claridad de una llama podría compararse con su espléndida vida!
Ella se digna aceptarlo, pero me dice muy risueña:
“¿Cómo quieres que beba mis propias mejillas?”
Y yo le digo: “¡Bebe, oh llama de mi corazón! ¡Este licor son mis lágrimas, su color
rojo mi sangre, y su mezcla en la copa es toda mi alma!
Entonces la joven cogió la copa de manos del mandadero, se la llevó a los labios y después
fue a sentarse junto a sus hermanas. Y todas empezaron a cantar, a danzar y a jugar
con las flores exquisitas. Después siguieron bebiendo en la misma copa hasta que comenzó
a anochecer. Las jóvenes dijeron entonces al mandadero: “Ahora vuelve la cara y vete,
y así veremos la anchura de tus hombros.” Pero el mozo excl amo: “¡Por Al ah, señoras
mías! ¡Más fácil sería a mi alma salir del cuerpo, que a mí dejar esta casa! ¡Juntemos esta
noche con el día, y mañana podrá cada uno ir en busca de su destino por el camino de
Alah!” Entonces intervino nuevamente la joven prove edora: “Herman as, por vuestra vida,
invitémosle a pasar la noche con nosotras y nos reiremos mucho con él, porque es muy
gracioso.” Y dijeron entonces al mandade ro: “Puedes pasar aquí la noche, con la cond ición
de estar bajo nuestro dominio y no pedir ninguna explicación sobre lo que veas ni
sobre cuanto ocurra.” Y él respondió: “Así sea, ¡oh señoras mías!” Y ellas añadie ron:
“L evántate y lee lo que está escrito encima de la puerta.” Y él se levantó, y encima de la
puerta vio las siguientes palabras, escritas con letras de oro:
No hables nunca de lo que no te importe, si no, oirás cosas que no te gusten.
Y, el mandadero dijo: “¡Oh seño ras mías os pongo por testigo de que no he de hablar de
lo que no me importe”
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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