lunes, 2 de julio de 2012

Slavoj Zizek ¿POR QUE UNA CARTA SIEMPRE LLEGA A SU DESTINO?



Slavoj Zizek

¿POR QUE UNA CARTA SIEMPRE LLEGA A SU DESTINO?
 
1.1 Muerte y sublimación: la escena final de Luces de la
ciudad (City Lights)*
 
El trauma de la voz
Puede parecer peculiar, e incluso absurdo, colocar a Chaplin bajo
el signo de ‘muerte y sublimación’: ¿no es acaso el universo de sus
films, un universo que rebosa de vitalidad no sublime y hasta de
vulgaridad, precisamente lo opuesto a una tediosa obsesión
romántica con la muerte y la sublimación? Es posible que sea así,
pero las cosas se complican en un momento particular: el de la intrusión
de la voz. Es la voz que corrompe la inocencia de la parodia
silenciosa, de este paraíso preedípico, oral–anal, del devorar y
destruir sin freno, ignorantes de la muerte y la culpa: ‘Ni la
muerte ni el delito existen en el mundo polimorfo de la parodia en
la que todos dan y reciben golpes a voluntad, en el que vuelan las
tortas de crema y donde, en medio de la risa general, se derrumban
los edificios. En este mundo de gesticulación pura, que es
también el de los dibujos animados (un sustituto de las comedias
payasas [slapsticks] perdidas), los protagonistas son generalmente
inmortales... la violencia es universal y no tiene consecuencias,
no existe la culpa’.1
La voz introduce una fisura en este universo preedípico de
continuidad inmortal: funciona como un cuerpo extraño que
mancha la superficie inocente del cuadro, una aparición fantasmal
que nunca puede sujetarse a un objeto visual definido; y esto
cambia toda la economía del deseo, la inocente vitalidad vulgar de
la película muda se pierde, la presencia misma de la voz transforma
la superficie visual en algo engañoso, en un señuelo: ‘El film
era gozoso, inocente y sucio. Se transformará en obsesivo, fetichista
y frío como el hielo’.2 En otras palabras: el film era chaplinesco,
se transformará en hitchcockiano.
No es, por lo tanto, accidental que el advenimiento de la voz, del
film hablado, introduzca cierta dualidad en el universo de Chaplin:
una misteriosa división de la figura del vagabundo. Recordemos
sus tres grandes films sonoros: El gran dictador (The Great
Dictator), Monsieur Verdoux (ídem) y Candilejas (Limelight.),
distinguidos por el mismo humor melancólico y doloroso. Todos
ellos enfrentan el mismo problema estructural: el de una indefinible
línea de demarcación, de cierto rasgo, difícil de especificar
en el nivel de las propiedades positivas, cuya presencia o ausencia
modifica radicalmente el status simbólico del objeto:
Entre el pequeño peluquero judío y el dictador, la diferencia es tan
insignificante como la que existe entre sus respectivos bigotes. No
obstante, resulta en dos situaciones tan infinitamente remotas, tan
opuestas como las de la víctima y el verdugo. Del mismo modo, en
Monsieur Verdoux, la diferencia entre los dos aspectos o procederes
del mismo hombre, el asesino de mujeres y el amante esposo de una
mujer paralítica, es tan leve que se requiere toda la intuición de su
esposa para tener la premonición de que, de algún modo, él
‘cambió’... la pregunta candente de Candilejas es: ¿cuál es esa
‘nada’, ese signo de la edad, esa pequeña diferencia trivial, a causa
de la cual el gracioso número del payaso se convierte en un tedioso
espectáculo?3
Este rasgo diferencial que no puede adjudicarse a alguna
cualidad positiva es lo que Lacan llama le trait unaire, el trazo
unario: un momento de identificación simbólica al que se adhiere
lo real del sujeto. En tanto el sujeto se vincula a este rasgo, nos
enfrentamos con una figura carismática y fascinante; tan pronto
como el vínculo se rompe, todo lo que queda es un triste residuo.
Sin embargo, el punto crucial que no debe pasarse por alto es de
qué manera esta división está condicionada por la llegada de la
voz, es decir, por el hecho mismo de que la figura del vagabundo
se vea obligada a hablar: en El gran dictador Hinkel habla,
mientras que el peluquero judío permanece más próximo al
vagabundo mudo; en Candilejas, el payaso sobre el escenario está
mudo, mientras que el resignado anciano tras el mismo habla...

De este modo, la bien conocida aversión de Chaplin al sonido no
debe desecharse como un simple compromiso nostálgico con un
paraíso silencioso; revela un conocimiento (o al menos un presentimiento)
mucho más profundo que lo habitual del poder destructivo
de la voz, del hecho de que la voz funcione como un cuerpo
extraño, como una especie de parásito que introduce una división
radical: el advenimiento de la Palabra desvía al animal humano
de su equilibrio y hace de él una figura ridícula e impotente, que
gesticula y procura con desesperación un equilibrio perdido. En
ningún lado es más evidente esta fuerza destructiva de la voz que
en Luces de la ciudad, en esta paradoja de una película muda con
banda de sonido: una banda de sonido sin palabras, sólo música
y unos pocos ruidos típicos de los objetos. Es precisamente aquí
donde la muerte y lo sublime surgen con toda su fuerza.

* Las películas mencionadas se citan con los títulos con que se exhibieron en
la Argentina; cuando los mismos se desconocen, sólo se menciona el título
original (N. del T.).

Charles Baudelaire, La modernidad

Charles Baudelaire, La modernidad
De este modo va, corre, busca. ¿Qué busca? Sin duda, este hombre, tal como lo
he pintado, este solitario dotado de una imaginación activa, viajando siempre a través
del gran desierto de hombres, tiene un fin más elevado que el de un simple paseante, un
fin más general, otro que el placer fugitivo de la circunstancia. Busca algo que se nos
permitirá llamar la modernidad; pues no surge mejor palabra para expresar la idea en
cuestión. Se trata, para él, de separar de la moda lo que puede contener de poético en lo
histórico, de extraer lo eterno de lo transitorio. Si echamos una ojeada a nuestras exposiciones
de cuadros modernos, nos impresiona la tendencia general de los artistas a vestir
a todos los personajes con trajes antiguos. Casi todos se sirven de las modas y de los
muebles del Renacimiento, como David se servía de las modas y de los muebles romanos.
Sin embargo existe una diferencia: David, habiendo elegido temas griegos y romanos,
no podía hacer otra cosa que vestidos a la antigua, en tanto que los pintores actuales,
al elegir temas de naturaleza general aplicable a todas las épocas, se obstinan en ataviados
con los trajes de la Edad Media, del Renacimiento o del Oriente. Es, evidentemente,
signo de una gran pereza; pues es mucho más cómodo declarar que todo es absolutamente
feo en el vestido de una época, que aplicarse a extraer la belleza misteriosa
que puede contener, por mínima y ligera que sea. La modernidad es lo transitorio, lo fugitivo,
lo contingente, la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable. Ha
habido una modernidad para cada pintor antiguo; la mayor parte de los hermosos retratos
que nos quedan de tiempos anteriores están vestidos con trajes de su época. Son perfectamente
armoniosos, porque el traje, el peinado e incluso el gesto, la mirada y la sonrisa
(cada época tiene su porte, su mirada y su sonrisa) forman un todo de una completa
vitalidad. Este elemento transitorio, fugitivo, cuyas metamorfosis son tan frecuentes, no
tienen el derecho de despreciado o de prescindir de él. Suprimiéndolo, caen forzosamente
en el vacío de una belleza abstracta e indefinible, como la de la única mujer antes del
primer pecado. Si sustituyen el traje de la época, que se impone necesariamente, por
otro, estarán haciendo un contrasentido que no puede tener excusa más que en el caso de
una mascarada que pide la moda. Así, las diosas, las ninfas y los sultanes del siglo
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XVIII son retratos moralmente parecidos.
Sin duda es excelente estudiar a los antiguos maestros para aprender a pintar,
pero no puede ser más que un ejercicio superfluo si su finalidad es comprender el carácter
de la belleza presente. Los ropajes de Rubens o Veronés no les enseñarán a hacer el
muaré antiguo, el. satén a la reina, o cualquier otro tejido de nuestras fábricas, levantado,
balanceado por la miriñaque o las faldas de muselina almidonada. El tejido y el grano
no son los mismos de las telas de la antigua Venecia o de las que se llevaban en la
corte de Catalina. Añadamos también que el corte de la falda y del corsé es absolutamente
diferente, que los pliegues están dispuestos con un nuevo sistema, y, por último,
que el gesto y el porte de la mujer actual dan a su vestido una vida y una fisonomía que
no son los de la mujer antigua. En una palabra, para que toda modernidad sea digna de
convertirse en antigüedad, es necesario que se haya extraído la belleza misteriosa que la
vida humana introduce involuntariamente. A esa tarea se aplica particularmente el Sr. G.
He dicho que cada época tenía su porte, su mirada y su gesto. Esta. proposición
es sobre todo fácil de verificar en una vasta galería de retratos (la de Versalles, por
ejemplo). Pero puede llevarse todavía más lejos. En la unidad llamada nación, las profesiones,
las castas, los siglos introducen la variedad, no solamente en los gestos y las maneras,
sino también en la forma positiva del rostro. Tal nariz, tal boca, tal frente llenan
el intervalo de una duración que no pretendo determinar aquí, pero que ciertamente puede
ser sometida a un cálculo. Tales consideraciones no son lo bastante familiares a los
retratistas; y el gran defecto del Sr. Ingres, en particular, es querer imponer a cada tipo
que posa un perfeccionamiento más o menos despótico, tomado del repertorio de las
ideas clásicas.
En semejante materia sería fácil y legítimo razonar a priori. La correlación perpetua
de lo que llamamos el alma con lo que llamamos el cuerpo explica muy bien
cómo todo lo que es material o efluvio de lo espiritual representa y representará siempre
lo espiritual de lo que deriva. Si un pintor paciente y minucioso, pero de imaginación
mediocre, al tener que pintar a una cortesana del tiempo presente, se inspira (es la palabra
consagrada) en una cortesana de Tiziano o de Rafael, es infinitamente probable que
haga una obra falsa, ambigua y oscura. El estudio de una obra maestra de ese tiempo y
de ese género' no le enseñaráni la actitud, ni la mirada, ni el gesto, ni el aspecto vital de
una de esas criaturas que el diccionario de la moda ha clasificado sucesivamente bajo
los títulos groseros o jocosos de impuras, mujeres entretenidas, mujeres galantes y queridas.
11
La misma crítica se aplica rigurosamente al estudio del militar, del dandi, del
propio animal, perro o caballo, y de todo aquello que compone la vida externa de un siglo.
¡Ay de aquel que estudie en lo antiguo otra cosa que el arte puro, la lógica, el método
general! Por mucho zambullirse, pierde la memoria del presente; abdica el valor y los
privilegios que aporta la circunstancia; pues casi toda nuestra originalidad proviene del
sello que el tiempo imprime a nuestras sensaciones. El lector comprende por anticipado
que yo podría verificar fácilmente mis asertos sobre otros numerosos objetos distintos a
la mujer. ¿Qué diría, por ejemplo, de un pintor de marinas (llevo la hipocresía al extremo)
que, teniendo que reproducir la belleza sobria y elegante del navío moderno, fatigara
sus ojos estudiando las formas recargadas, contorneadas, la popa monumental del
navío antiguo y el velamen complicado del siglo XVI? ¿Y, qué pensarían de un artista al
que hubieran encargado hacer el retrato de un pura sangre, célebre en las solemnidades
del hipódromo, si limitara su observación a los museos, si se contentara con contemplar
el caballo en las galerías del pasado, en Van Dyck, Bourguignon o Van der Meulen?
El Sr. G., dirigido por la naturaleza, tiranizado por la circunstancia, ha seguido
una vía completamente diferente. Ha empezado por contemplar la vida, y sólo más tarde
se las ha ingeniado para aprender los medios de expresar la vida. El resultado ha sido
una originalidad conmovedora, en la que lo que puede quedar de bárbaro y de ingenuo
aparece como una nueva prueba de obediencia a la impresión, como un halago a la verdad.
Para la mayoría de nosotros, sobre todo para las personas de negocios, a cuyos ojos
la naturaleza no existe, de no ser en sus relaciones de utilidad con sus negocios, lo
fantástico real de la vida está singularmente mitigado. El Sr. G. lo absorbe continuamente;
tiene la memoria y los ojos llenos de ello.

sábado, 30 de junio de 2012

Arthur Rimbaud, Una Temporada en el Infierno (fragmento)

 Arthur Rimbaud, Una Temporada en el Infierno (fragmento)

Ya desde niño admiraba al forzado insumiso sobre
el que siempre se cierne el presidio; visitaba las
posadas y tugurios que él había consagrado con su
estancia; veía con su idea el cielo azul y el trabajo
florido del campo; presentía su fatalidad en las ciudades.
Tenía más fortaleza que un santo, más sentido
común que un viajero –y él, ¡él solo! por testigo
de su gloria y su razón.
Por los caminos, durante las noches invernosas, sin
cobijo, sin ropas, sin pan, una voz oprimía mi corazón
helado. “Debilidad o fuerza: hela aquí, es la
fuerza. No sabes a dónde vas ni por qué vas; entra
en todas partes, responde a todo. No te dejarán más
muerto que si fueras ya cadáver. Por la mañana,
tenía la mirada tan perdida y el porte tan mortecino,
que aquellos con quienes me encontré acaso no
me vieron.
En las ciudades, el lodo súbitamente se me antojaba
rojo y negro, como un espejo cuando la lámpara se
mueve en la habitación contigua, ¡como un tesoro
en el bosque! Buena suerte, gritaba, y veía un mar
de llamas y humo en el cielo; y, a izquierda y derecha,
todas las riquezas que destellaban como innúmeros
relámpagos.
/ 17
Pero la orgía y la complicidad con las mujeres me
estaban prohibidas. Ni siquiera un compañero. Me
veía ante una multitud exasperada, encarado al
pelotón de ejecución, llorando la desgracia de que
ellos no hubiesen podido comprender, ¡y perdonando!
–¡Como Juana de Arco! “Curas, profesores,
patronos, os equivocáis entregándome a la justicia.
Yo nunca pertenecí a este pueblo; nunca fui cristiano;
soy de la raza de los que cantaban durante el
suplicio; no comprendo las leyes, no tengo sentido
moral, soy un bruto: os equivocáis...”
Sí, mis ojos están cerrados a vuestra luz. Soy una
bestia, un negro. Pero puedo ser salvado. Vosotros
sois falsos negros, ¡vosotros! maníacos, feroces, avaros.
Mercader, tú eres negro; magistrado, tú eres
negro; general, tú eres negro; emperador, vieja
comezón, tú eres negro: has bebido un licor sin
tasar de la fábrica de Satán. –Este pueblo está inspirado
por la fiebre y el cáncer. Lisiados y ancianos
son tan respetables que piden ser cocidos. Lo más
astuto sería abandonar este continente, donde acecha
la locura para proveer de rehénes a estos miserables.
Yo entro en el verdadero reino de los hijos de
Cam.
¿Todavía conozco la naturaleza? ¿Me conozco a mí
mismo? –Basta de palabras. Sepulto a los muertos en
mi vientre. Gritos, tambor, danza, danza, danza,
18 /
¡danza! Aún no veo el momento en que, al desembarcar
los blancos, me hundiré en la nada.
Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, ¡danza!
_______
Los blancos desembarcan. ¡El cañón! Hay que someterse
al bautismo, vestirse, trabajar.
He recibido en el corazón el impacto de la gracia.
¡Ah, no lo había previsto!
Nunca hice el mal. Los días van a serme leves, se me
evitará el arrepentimiento. No habré padecido las
torturas del alma casi muerta al bien, de donde
asciende la luz severa como los cirios funerarios. El
destino del hijo de buena familia, prematuro ataúd
cubierto de inmaculadas lágrimas. Indudablemente,
el libertinaje es estúpido, el vicio es estúpido; hay
que dejar de lado la podredumbre. ¡Pero el reloj no
llegará a dar más que la hora del dolor puro! ¿Voy a
ser raptado como un niño, para jugar en el paraíso al
amparo de toda desgracia?
¡De prisa! ¿hay otras vidas? –Los sueños de riqueza
son imposibles. La riqueza fue siempre un bien
público. Sólo el amor divino otorga las claves de la
ciencia. Veo que la naturaleza no es sino un espectáculo
de bondad. Adiós quimeras, ideales, errores.
/ 19
El canto vivo de los ángeles se eleva del navío salvador:
es el amor divino. –¡Dos amores! puedo morir
de amor terreno, morir de devoción. ¡He abandonado
almas cuya pena se acrecentará con mi marcha!
Me escogéis entre los náufragos; ¿acaso no son amigos
míos los que se quedan?
¡Salvadlos!
Me ha nacido la razón. El mundo es bueno.
Bendeciré la vida. Amaré a mis hermanos. Esto ya no
son promesas de la infancia. Ni la esperanza de escapar
a la vejez y la muerte. Dios es mi fuerza, y yo
alabo a Dios.
_______
El tedio ha dejado de ser mi amor. Las rabias, el
libertinaje, la locura, cuyos arrebatos y desastres
conozco –he soltado toda mi carga. Apreciemos sin
vértigo la extensión de mi inocencia.
No sería ya capaz de pedir el consuelo de una paliza.
No me imagino embarcado en una boda teniendo
a Jesucristo como suegro.
No soy prisionero de mi razón. He dicho: Dios. Quiero
la libertad en la salvación: ¿como alcanzarla? Las aficiones
frívolas me han abandonado. Ni la devoción ni
el amor divino me son ya necesarios. No añoro el siglo
20 /
de los corazones sensibles. Cada cual tiene su razón,
desprecio y caridad: conservo mi lugar en lo alto de
esta arcangélica escala de sentido común.
En cuanto a la felicidad establecida, doméstica o
no... no, no puedo. Soy excesivamente derrochador,
demasiado débil. La vida florece por el trabajo, antigua
verdad: en cuanto a mí, mi vida no tiene el peso
suficiente, echa a volar y flota lejos, por encima de
la acción, ese querido lugar del mundo.
¡En qué solterona me estoy convirtiendo, a falta de
coraje para amar la muerte!
Si Dios me concediese la calma celestial, levitante, la
plegaria –como a los antiguos santos– ¡los santos!,
¡hombres fuertes!, anacoretas, ¡artistas de esos que
ya no hacen falta!
¡Continua farsa! Mi inocencia me haría llorar. La
vida es la farsa que todos hemos de llevar a cabo.

viernes, 29 de junio de 2012

Raymond Carver, BOLSAS



Es octubre, un día húmedo. Desde la ventana del ho­tel veo demasiadas cosas de esta ciudad del Medio Oeste. Veo cómo se encienden las luces de algunos edificios, veo cómo el humo de las altas chimeneas se alza en colum­nas espesas. Me gustaría no tener que mirar.
Quiero contarles una historia que me contó mi padre cuando el año pasado pasé unas horas en Sacramento. Se refiere a ciertos hechos que le acontecieron dos años antes de aquel tiempo, entendiendo por aquel tiempo el inmediatamente anterior a que mi madre y él se divor­ciaran.
Soy vendedor de libros. Represento a una firma muy conocida. Publicamos libros de texto, y tenemos la sede en Chicago. Mi zona es Illinois, y partes de Iowa y de Wisconsin. Había asistido en Los Angeles a la conven­ción de la Western Book Publishers Association cuando se me ocurrió visitar a mi padre unas cuantas horas. No lo había vuelto a ver desde el divorcio, ¿comprenden? Así que saqué su dirección de la cartera y le envié un telegrama. A la mañana siguiente facturé mis cosas hasta Chicago y me embarqué en un avión con destino a Sa­cramento.
Tardé un minuto en verle. Estaba donde todo el mun­do, es decir, detrás de la puerta de salida. Pelo blanco, gafas, pantalones marrones de tela indeformable.
—Papá, ¿cómo estás? —pregunté.
El sólo dijo:
—Les.
Nos dimos un apretón de manos y fuimos hacia la terminal.
—¿Cómo están Mary y los chicos? —quiso saber.
—Todos estupendamente —respondí, y no era cierto.
Abrió una bolsa blanca de confitería. Explicó:
—He comprado algo que quizá quieras llevarte. No es gran cosa. Unos Almond Roca para Mary y unos ca­ramelos blandos para los chicos.
—Gracias —dije.
—No olvides la bolsa cuando te vayas —me advirtió.
Dejamos pasar a unas monjas que corrían hacia las puertas de embarque.
—¿Una copa o un café? —le pregunté.
—Lo que tú quieras —contestó—. Pero no tengo co­che —precisó.
Encontramos el bar, nos trajeron las bebidas, encen­dimos los cigarrillos.
—Bueno, aquí estamos —dije.
—Sí —asintió.
Me encogí de hombros y repetí: —Sí.
Me eché hacia atrás en mi asiento y aspiré profunda­mente, inhalando —me pareció— el aire de infortunio que rodeaba su cabeza.
Dijo:
—Calculo que el aeropuerto de Chicago es cuatro ve­ces más grande que éste.
—Es aún mayor —le aseguré.
—Creía que era grande —dijo.
—¿Desde cuándo usas gafas? —le pregunté.
—Desde hace poco.
Tomó un trago largo, y acto seguido fue al grano.
—Me hubiera gustado morirme —dijo. Puso sus gran­des brazos a ambos lados del vaso—. Eres un hombre educado, Les. La persona idónea para comprenderlo.
Levanté un costado del cenicero para leer lo que ha­bía escrito dentro: CLUB HARRAH / RENO Y LAKE TAHOE / BUENOS LUGARES DE DIVERSIÓN.
—Era una vendedora de productos Stanley. Una mu­jer menuda, con pequeños pies y pequeñas manos y pelo negro como el carbón. No era la mujer más bella del mundo. Pero sus modales eran muy delicados. Tenía trein­ta años y tenía hijos. Pero, aunque pasó lo que pasó, era una mujer decente.
»Tu madre le compraba siempre cosas: una escoba, una fregona, algún relleno de pastel... Ya conoces a tu madre. Era sábado, y me había quedado en casa. Tu ma­dre se había ido a no sé dónde. No sé dónde estaba. Pero no estaba trabajando. Yo leía el periódico y tomaba una taza de café en la sala cuando llamaron a la puerta. Era esa mujer menuda. Sally Wain. Me dijo que tenía unas cosas para la señora Palmer. "Soy el señor Palmer", digo yo. "La señora Palmer no está en este momento", le expli­co. La invito a pasar, ya sabes, con intención de pagarle las cosas que traía. Se quedó allí, vacilante. Allí de pie, sosteniendo la pequeña bolsa de papel y el recibo.
»—Vamos, démela —le sugiero—. ¿Por qué no pasa y se sienta un momento mientras veo si encuentro algo de dinero?
»—No se preocupe —responde ella—. Puede dejarlo a deber. Hay mucha gente que lo hace. No hay problema. —Sonríe para darme a entender que no hay problema, ya sabes.
»—No, no —insisto yo—. Prefiero pagarlo ahora. Así le ahorro un viaje y me ahorro tener deudas. Pase —digo, y mantengo abierta la puerta de tela metálica. No era cortés tenerla allí de pie en la puerta.
Mi padre tosió y cogió uno de mis cigarrillos. Al fon­do del bar una mujer reía. La miré, y luego volví a leer la leyenda del cenicero.
—Así que pasa, y yo digo: «Un momento, por favor», y entro en el dormitorio a buscar mi cartera. Miro en el tocador, pero no la encuentro. Hay algo de cambio y ce­rillas y mi peine, pero no logro dar con mi cartera. Tu madre se había pasado la mañana limpiando, ya sabes. Así que vuelvo a la sala y comento: «Bueno, ya encon­traré algo.»
»—Por favor, no se moleste —dice ella.
»—No es molestia —insisto—. Tengo que encontrar mi cartera, de todas formas. Póngase cómoda.
»—Oh, estoy bien —contesta.
»—Mire —digo—. ¿Ha oído lo del gran atraco en el Este? Estaba leyéndolo ahora.
»—Lo vi en la televisión anoche —responde.
»—Huyeron sin ningún problema —explico.
»—Lo hicieron muy inteligentemente —asiente.
»—El crimen perfecto —digo.
»—A muy pocos les sale bien —sentencia.
»Yo ya no sabía cómo continuar. Estábamos allí de pie, mirándonos. Así que salí al porche y busqué mis pantalo­nes en la cesta, donde supuse que los había puesto tu ma­dre. Encontré la cartera en el bolsillo trasero y volví a la sala y le pregunté cuánto le debía.
»Eran tres o cuatro dólares. Le pagué. Entonces, no sé por qué, le pregunté qué haría con el dinero si lo hu­biera conseguido ella, con todo aquel dinero que se ha­bían llevado los atracadores.
»Se rió y vi sus dientes.
»Y entonces no sé lo que me pasó, Les. Cincuenta y cinco años. Hijos ya mayores. Me daba perfecta cuenta de que no debía. Aquella mujer tenía la mitad de años que yo, y chiquillos en el colegio. Vendía para Stanley durante el horario escolar, sólo para ocuparse en algo. No tenía necesidad de trabajar. Tenían lo suficiente para salir adelante. Su marido, Larry, era chófer en la Con­solidated Freight. Ganaba un buen sueldo. Camionero, ya sabes.
Calló y se pasó el pañuelo por la cara.
Todos nos equivocamos alguna vez dije.
Sacudió la cabeza.
Tenía dos chicos, Hank y Freddy. Se llevaban como un año. Me enseñó unas fotos. En fin, se ríe cuando digo lo del dinero, asegura que dejaría de vender productos Stanley y que se iría a Dago y compraría una casa. Comen­tó que tenía parientes en Dago.
Encendí otro cigarrillo. Miré el reloj. El barman le­vantó las cejas y yo levanté el vaso.
Estaba sentada en el sofá y me preguntó si tenía un cigarrillo. Dijo que se los había dejado en el otro bolso, y que no fumaba desde que había salido de casa. Dijo que odiaba comprar un paquete en una máquina teniendo un cartón en casa. Le doy un cigarrillo y sos­tengo una cerilla para que lo encienda. Pero, créeme, Les, me temblaban los dedos.
Calló y examinó las botellas unos instantes. La mujer que había reído antes ceñía con ambos brazos los de los hombres que tenía a los lados.

Lo que vino después lo recuerdo vagamente. Re­cuerdo que le pregunté si quería un café. Dije que aca­baba de hacerlo. Ella dijo que tenía que irse. Que quizá tenía tiempo para tomar una taza. Fui a la cocina y es­peré a que el café se calentara. Te lo aseguro, Les, te lo juro por Dios: jamás le había sido infiel a tu madre en todo el tiempo en que fuimos marido y mujer. Ni una sola vez. Hubo veces en que me apetecía y se me presen­taba la ocasión. Créeme, tú no conoces a tu madre como la conozco yo. Le corté:
—No tienes por qué darme explicaciones.
—Le llevé el café. Para entonces se había quitado el abrigo. Me siento en el otro extremo del sofá y empeza­mos a hablar de cosas más personales. Me dice que tiene dos chicos en la escuela primaria Roosevelt y que Larry es camionero y que a veces está fuera una o dos sema­nas. En Seattle, o en Los Angeles, o incluso en Phoenix. Siempre por ahí. Me cuenta que conoció a Larry en la escuela secundaria. Dice que se siente orgullosa de haber llevado esa vida desde entonces. En fin, al poco suelta una risita por algo que yo he dicho. Era algo con doble sentido. Entonces me pregunta si conozco el del viajan­te de zapatos que llama a la puerta de la viuda. Nos reí­mos, y entonces le cuento uno un poco más picante. Aho­ra se ríe con ganas, y se fuma otro cigarrillo. Una cosa lleva a la otra, eso es lo que pasaba, ¿entiendes?
»Bien, entonces la besé. Le incliné la cabeza sobre el respaldo del sofá y la besé, y aún siento su lengua mo­viéndose inquieta para meterse dentro de mi boca. ¿Com­prendes lo que digo? Uno puede vivir obedeciendo todas las normas y un buen día, de pronto, nada importa un pimiento. Se te acaba la buena estrella, ¿entiendes?
«Pero todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Y luego me espeta: "Creerás que soy una puta o algo así", y lue­go se marchó sin más.
«Estaba tan excitado, ¿sabes? Ordené el sofá y di la vuelta a los cojines. Doblé todos los periódicos y hasta lavé las tazas que habíamos usado. Todo el tiempo pen­saba en cómo iba a mirar cara a cara a tu madre. Estaba asustado.
«Bien, así es como empezó. Tu madre y yo seguimos como siempre. Pero empecé a ver a esa mujer con asi­duidad.
La mujer del fondo del bar se bajó del taburete. Avan­zó hacia el centro del local y se puso a bailar. Echaba la cabeza de un lado para otro y hacía chasquear los dedos. El barman dejó de preparar bebidas. La mujer levantó los brazos por encima de la cabeza y se movió descri­biendo un pequeño círculo sobre el piso. Pero luego dejó de hacerlo y el barman volvió a sus cosas.
—¿Has visto eso? —preguntó mi padre.
Pero yo no dije ni una palabra.

—Así es como funcionó la cosa —prosiguió—. Larry tenía su calendario de viajes, y yo iba a verla siempre que podía. A tu madre le decía que iba a algún sitio.
Se quitó las gafas y cerró los ojos.
—No se lo había contado a nadie.
¿Había algo que comentar a esto? Miré hacia las pistas y luego mi reloj.
—Escucha, ¿a qué hora sale tu avión? ¿No podrías co­ger otro? Deja que invite a otra copa, Les. Pide dos más. Me daré prisa. Acabaré de contártelo en un minuto. Es­cucha.
«Tenía la foto de Larry en el cuarto, al lado de la cama. Al principio me molestaba; ver su fotografía allí y todo eso. Pero al cabo de un tiempo me acostumbré a ella. ¿Te das cuenta de cómo nos habituamos a las co­sas? —Sacudió la cabeza—. Es increíble. Bueno, pues, todo acabó mal. Ya lo sabes. Lo sabes todo perfecta­mente.
—Sólo sé lo que me cuentas —dije.
—Escucha, Les. Déjame explicarte lo realmente impor­tante en este asunto. ¿Sabes?, hay cosas. Hay cosas más importantes que el hecho de que tu madre me dejara. Verás, escucha esto. Estábamos en la cama un día. Debía de ser sobre el mediodía. Estábamos allí acostados, char­lando. Puede que yo estuviera dando una cabezada. Esa especie de duermevela extraño, como con sueños, ya sa­bes. Pero al mismo tiempo me digo que no debo olvidar que tengo que levantarme e irme. Y en eso estoy cuando el coche entra en el jardín y alguien se baja y cierra de golpe la puerta.
»—Dios mío —chilla ella—. ¡Es Larry!
»Debí de enloquecer. Me parece recordar que pensé que si salía corriendo por la puerta de atrás, él me iba a aplastar contra la gran valla del jardín, y quizás hasta me matara. Sally hacía un ruido extraño con la boca. Como si no pudiera respirar. Tenía puesta la bata, pero la llevaba abierta, y estaba en la cocina sacudiendo la cabeza. Todo está sucediendo a un tiempo, ya entiendes. Y allí estoy yo, casi desnudo, con las ropas en la mano, y Larry abriendo la puerta principal. Bien, salto. Salto contra el ventanal, así, a través del cristal.
—¿Conseguiste escapar? —pregunté—. ¿No te persi­guió?
Mi padre me miró como si me hubiera vuelto loco. Fijó la mirada en su vaso vacío. Yo miré el reloj, me esti­ré. Tenía un ligero dolor de cabeza a la altura de los ojos.
Comenté:
—Creo que tendré que ir para allí en seguida. —Me pasé la mano por la barbilla y me ajusté bien el cuello de la camisa—. ¿Sigue en Redding esa mujer?
—¿No entiendes nada, verdad? —dijo mi padre—. No entiendes nada de nada. Sólo sabes vender libros.
Era casi la hora de marcharme.
—Oh, Dios, lo siento —exclamó—. El hombre se de­rrumbó, eso es lo que pasó. Se dejó caer en el suelo y se echó a llorar. Ella se quedó en la cocina. Se quedó allí, llorando. Se puso de rodillas y empezó a implorar a Dios, a voz en grito para que su marido la oyera.
Mi padre empezó a decir algo más. Pero en lugar de seguir movió la cabeza. Puede que quisiera que fuera yo quien me pusiera a hablar.

Y al cabo añadió:
—No, tienes que coger el avión.
Le ayudé a ponerse el abrigo; luego lo conduje por el codo.
—Te dejaré en un taxi —propuse. El dijo:
—Quiero verte despegar.
—De acuerdo —asentí—. Quizá la próxima vez.
Nos dimos la mano. Y no lo he vuelto a ver. Camino de Chicago, caí en la cuenta de que había olvidado la bol­sa de los regalos en el bar. Mejor. Mary no necesitaba dulces, ni Almond Roca ni nada parecido.
Esto fue el año pasado. Ahora lo necesita aún menos.

martes, 26 de junio de 2012



Oliverio Girondo, No se Me importa un pito.

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"… y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes…
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

lunes, 25 de junio de 2012

Rene Descartes, Discurso Del Metodo. Fragmento

 Rene Descartes, Discurso Del Metodo. Fragmento

(...) ¿que es lo que puede separarse de mi mismo? tan manifiesto es que yo soy el que dudo, el que conozco y el que quiero, que no se me ocurre nada para explicarlo mas claramente. por otra parte yo soy el que imagino, dado que, aunque ninguna cosa imaginada sea cierta, existe con todo el poder de imaginar, que es una parte de mi pensamiento.