sábado, 14 de enero de 2012

Julio Cortazar "Me caigo y me levanto"


Julio Cortazar "Me caigo y me levanto"
Nadie puede dudar de que las cosas recaen,
un señor se enferma y de golpe un miércoles recae
un lápiz en la mesa recae seguido
las mujeres, cómo recaen
teóricamente a nada o a nadie se le ocurriría recaer
pero lo mismo está sujeto
sobre todo porque recae sin conciencia
recae como si nunca antes
un jazmín para dar un ejemplo perfumado
a esa blancura
¿de dónde le viene su penosa amistad con el amarillo?
el mero permanecer ya es recaída
es jazmín entonces
y no hablemos de las palabras
esas recayentes deplorables
y de los buñuelos fríos que son la recaída clavada
contra lo que pasa, se impone pacientemente la rehabilitación
en lo más recaído hay algo que siempre pugna por rehabilitarse
en el hongo pisoteado, en el reloj sin cuerda
en los poemas de Pérez, en Pérez
todo recayente tiene ya en sí un rehabilitante
pero el problema, para nosotros lo que pensamos nuestra vida
es confuso y casi infinito
un caracol segrega y una nube aspira
seguramente recaerán
pero una compensación ajena a ellos los rehabilita
los hace treparse poco a poco a lo mejor de si mismos
antes de la recaída inevitable
pero nosotros tía ¿cómo haremos?
¿cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído
si por la mañana estamos tan bien
tan café con leche
y no podemos medir hasta donde hemos recaído en el sueño
o en la ducha
y si sospechamos lo recadente de nuestro estado
¿cómo nos rehabilitaremos?
hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña
al terminar su obra maestra
al afeitarse sin un solo tajito
no toda recaída va de arriba abajo
porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa
cuando ya no se sabe donde se está
probablemente Icaro creía tocar el cielo
cuando se hundió en el mar …. y
dios te libre de una zambullida tan mal preparada
tía ¿cómo nos rehabilitaremos?
hay quien ha sostenido que la rehabilitación
sólo es posible alterándose
pero olvidó que toda recaída es una desalteración
una vuelta al barro de la culpa
perfecto!
somos lo más que somos porque nos alteramos
salimos del barro en busca de la felicidad
y la conciencia y los pies limpios
un recayente es entonces un desalterante
de donde se sigue que
nadie se rehabilita sin alterarse
pretender la rehabilitación alterandose es una triste redundancia
nuestra condición es la recaída y la desalteración
y a mi me parece que un recayente debería rehabilitarse de otra manera
que por lo demás ignoro
No solamente ignoro eso
sino que jamás he sabido en qué momento
mi tía o yo recaemos
¿cómo rehabilitarnos entonces si a lo mejor no hemos recaído todavía?
y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados
Tía, no será esa la respuesta ahora que lo pienso...
Hagamos una cosa:
Usted se rehabilita y yo la observo
varios días seguidos
digamos, una rehabilitación continua
usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo
o al revés si prefiere
pero a mí me gustaría que empezara usted
porque soy modesto y buen observador
de esa manera si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación
mientras usted no le da tiempo a la recaída
y se rehabilita como en un cine continuado
al cabo poco nuestra diferencia será enorme
Usted estará tan por encima que dará gusto
entonces yo sabré que el sistema ha funcionado
y empezaré a rehabilitarme furiosamente
pondré el despertador a las tres de la mañana
suspenderé mi vida conyugal
y las demás recaídas que conozco
para que, sólo queden las que no conozco
y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos tía
y será tan hermoso decir...
ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado
el mío todo de frutilla
y el de usted con chocolate y un bizcochito
.

martes, 10 de enero de 2012

Michel Houellebecq, extracto de “la posibilidad de una Isla”


Michel Houellebecq, extracto de “la posibilidad de una Isla”

Daniel 1,12

Durante la primera parte de tu vida, no te das cuenta de tu felicidad hasta que la has perdido. Luego llega una edad, una segunda edad, en que sabes, en cuanto empiezas a vivir algo feliz, que acabaras perdiéndolo. Cuando conocí a Belle, comprendí que acababa de entrar en esa segunda edad. También comprendí que no había llegado todavía a la tercera, la de la autentica vejez, cuando el echo de prever la perdida de la felicidad impide incluso llegar a sentirla
(…)
Fue una extraña historia. Desgarradora, tan desgarradora, Belle mía. Y sin duda lo mas extraño es que no me sorprendiera de verdad. Esta claro que, en mis relaciones con la gente (he estado a punto de escribir “en mis relaciones oficiales con la gente”; y si, es un poco eso), había tenido tendencia a sobrestimar mi desesperación. Así que algo dentro de mi sabia, siempre había sabido que terminaría encontrando el amor; hablo del amor compartido, el único que vale la pena, el único que puede llevarnos de verdad a un orden de la percepción diferente, donde la individualidad se resquebraja, donde las condiciones del mundo se modifican y su continuación se revela legitima. Sin embargo, yo no tenia nada de ingenuo; sabia que la mayoría de la gente nace, envejece y muere sin haber conocido el amor. Poco después de la epidemia de las “bacas locas”, se promulgaron nuevas normas para identificar la procedencia de la carne bobina. En las secciones de carnicería de los supermercados, en los establecimientos de comida rápida, se vieron aparecer pequeñas etiquetas con inscripciones parecidas a esta: “nacido y criado en Francia. Sacrificado en Francia”. Pues si, una vida sencilla.

Sam Shepard, extracto de “crónicas de motel”


Sam Shepard, extracto de “crónicas de motel”

sudan y se llaman “cariño” el uno al otro
contratan adivinas que mienten
enmarcan fotos de los niños a los que han mandado lejos
tutean al viejo camarero negro
contratan orquestas de ritman blues descafeinadas y les piden que toquen con guitarra acústica
ponen expresiones ceñudas si alguien habla de bañarse desnudos
se confiesan ante todo aquel que quiera escucharles
todos tiene su “mas antiguo y querido amigo”
que generalmente es aquel con quien mas se han confesado
detestan que les digas “feliz cumpleaños”
les encanta que haga tantísimo tiempo que no te habían visto
inmediatamente se van con el siguiente
Su soledad esta cubierta de muecas sonrientes
Su soledad se ahoga bajo un círculo de “amistades”

sábado, 7 de enero de 2012

Extracto de “Visiones de Cody” de Jack Kerouac


Extracto de “Visiones de Cody” de Jack Kerouac

No existe forma alguna de evitar los enigmas. Como la gente en los bares que sonríen llegan y toman asiento pero cuando se van, cuando al unísono retiran las sillas y levantan los abrigos y sus cosas, lo hacen con caras sombrías (todos ellos con el mismo grado de semi-melancolía especial de desilusión porque la promesa del momento de sonrisas de la llegada no se cumplió o si lo izo, murió después de una existencia breve) – y durante esa breve existencia que tiene la misma calidad inconsciente y ciega que el orgasmo, todo esta sucediendo en sus almas – ésta es la PARTIDA – el apogeo y ápice de posibles de las relaciones humanas – dura un segundo – ocurre el mensaje vibrante – empero no es tan místico tampoco, es amor y simpatía en un relámpago. De igual modo, nosotros, que hacemos toda la noche demencial (orgias sexuales de cuatro variantes, conversaciones de tres días, viajes en automóvil transcontinentales e ininterrumpidos) tenemos esa sombría melancolía momentánea que señala la necesidad del sueño – nos hace acordar que es posible detener todo esto – además nos recuerda que el momento es inasequible, que ya se ha ido y que si dormimos, lo podemos convocar nuevamente mezclándolo con otras combinaciones ilimitadas y hermosas – barajar las viejas tarjetas del archivo del alma en un sueño demente y alucinado – Así la gente en la cafetería tiene ese aspecto pero solo hasta que recoge los sombreros y las cosas porque la melancolía es también una señal que se envían los unos a los otros, una especia de “buenas noches, señoras” de quizás una amabilidad interior del corazón. ¿Qué clase de amigo se sonreiría abiertamente ante la cara de sus amigos es la hora de la melancólica recogida de prendas y de inclinarse para partir? Entonces es una señal de “ahora abandonas esta mesa que había prometido tanto – éste es nuestro obsequio a los tristes”. La melancolía se va tan pronto como alguien dice algo y se encaminan a la puerta – riéndose, arrojan ecos al escenario de su desastre humano – salen caminando por la calle en el nuevo aire que provee el mundo.

Extracto de “viaje al fin de la noche” de Louis-Ferdinand Céline

Extracto de “viaje al fin de la noche” de Louis-Ferdinand Céline


Conque al servicio de la compañía Pordurière del Pequeño Togo trabajaban, al mismo tiempo que yo, ya lo he dicho, en sus cobertizos y plantaciones, gran numero de negros y pobres blancos de mi estilo. Los indígenas, por su parte, no trabajaban sino a estacasos, conservaban esa dignidad, mientras que los blancos, perfeccionados por la instrucción publica andan solos.
La estaca acaba cansando a quien la maneja, mientras que la esperanza de llegar a ser poderoso y rico con que están atiborrados los blancos no cuesta nada, absolutamente nada. ¡Que no vengan a alabarnos el merito de Egipto y de los tiranos tártaros! Estos aficionados antiguos no eran sino unos maletas petulantes en el arte de hacer rendir al animal vertical su mayor esfuerzo en el currelo. No sabían, aquellos primitivos, llamar “señor” al esclavo, ni hacerle votar de vez en cuando, ni pagarle el jornal, ni sobre todo, llevarlos a la guerra para liberarlo de sus paciones. Un cristiano de veinte siglos, algo sabía yo al respecto, no puede contenerse cuando por delante de él acierta a pasar un regimiento. Le inspira demasiadas ideas.

lunes, 2 de enero de 2012

Extracto de “Los ejércitos de la noche” Norman Mailer

Extracto de “Los ejércitos de la noche”
Norman Mailer

(…)
No había duda. Todos los sanos marines, policías montados, atletas profesionales, estrellas de cine, campesinos pobres del sur, sensuales mafiosos amantes de la vida, polizontes, cierto proletariado, funcionarios municipales, amables políticos de aspecto lozano y proclives al soborno, tienen la mirada llena de luz (¿es la mariguana?) de la vida que disfrutan… Si, ellos estarían a favor de la guerra del Vietnam. Y, alineada contra ellos, una tropa encallecida, ¡toda una elite!: rescoldos de marxismo contaminado de freudismo, estratos de la genuina y vieja inquietud norteamericana: la clase media urbana, con sus generalizados y descomunales resentimientos adenoideos, su secreto amor esclavos por la venidera hegemonía del ordenador y los suburbios residenciales, si, ellos y sus hijos, por pura ironía, por pura ineptitud, por las chifladuras de la historia, se veían ahora abocados a posiciones cada vez mas militantes, a una resistencia ante la guerra que era vana –y en cierto modo consolidada- mezcolanza de pacifismo y comunismo de salón. Y sus hijos embarcados ahora en una escapada freaky desde los suburbios residenciales para una concentración “de amor” ante la fachada del pentágono.
Era en estos hijos en quienes Mailer tenia puesta cierta esperanza (una esperanza un tanto sombría). Estos dementes hijos de la clase media, lobotomizados de toda conciencia de pecado, con su malversación nihilista del os fondos morales de su clase, su inocencia, su avidez de apocalipsis, su increíble indiferencia ante el derroche: veinte generaciones de esperanzas enterradas, tal vez grabadas en sus cromosomas, ahora probablemente ardiendo como haces secos en los secretos fuegos inquisitoriales del LSD…, droga diabólica, concebida por el maligno para consumir el amor de los mejores, para arruinarles el hígado y dejarlos como malas hierbas de la gran urbe. De haber habido allí una maquina de discos, Mailer hubiera metido medio cuarto de dólar para escuchar “En el corazón de la ciudad que no tiene corazón”.
(…)

sábado, 31 de diciembre de 2011

André Breton Antologia del humor negro


André Breton

Antologia del humor negro

Charles baudelaire (1821-1867)

El humor de Baudelaire forma parte integrante de su concepción de dandysmo. Es sabido que, para el, “la palabra dandy implica una quintaesencia del carácter y una sutil inteligencia de todo el carácter moral de este mundo”. Nadie mejor que él se a preocupado de definir el humor en oposición a la alegría trivial o al sarcasmo corrosivo en los cuales suele reconocerse el “sprit français”. Coloca a Moliere a las cabezas de las “ridículas religiones modernas”; Voltaire es “el antipoeta, el rey de los necios, el predicador de las porteras, el príncipe de los superficiales, el antiartista, el tío Gigogne de los redactores del Siecle”. El dandy se siente dividido entre la preocupación narcisista por sus actitudes y sus actos (“debe aspirar a ser sublime ininterrumpidamente, debe vivir y morir ante su espejo”) y el deseo de provocar ante su paso un largo rumor desaprobador (“lo que tiene de fascinante el mal gusto, es el placer aristocrático de disgustar”). En Baudelaire, los cuidados de tocador testimoniarían por si solos aquella toma de posición que prevalecerá sobre todas las vicisitudes de la fortuna, de los guantes rosa-palido de su juventud fastuosa, a travez de la peluca verde exhibida en el Café-Riche, hasta el boa de plumas escarlata, adorno supremo de los días infortunados. Sus insultos, sus fantasiosas confidencias en publico obedecen a un deseo de chocar, de molestar, de sorprender (a quemarropa a Nadar: “¿no probaría con migo los sesos de los niños? Deben tener como un gusto a avellana”; a un transeúnte que acaba de rechazarle fuego para no hacer caer la ceniza de su cigarro “ perdón, señor, ¿seria tan amable de decirme su nombre? – me gustaría conocer el nombre del hombre que quiere conservar sus cenizas”; a un burgués que elogiaba los méritos de sus dos hijas “¿Y a cual de ambas jóvenes destina a la prostitución?” a una joven en una cervecería “Señorita, usted que esta coronada por espigas de oro y me escucha con dientes tan bonitos, me gustaría morderla… me gustaría atarle las manos y colgarla por las muñecas del techo de mi habitación; entonces me arrodillaría y besaría sus pies desnudos”). Consagra su vida a lo que la mayoría de los hombres entendería como imágenes de pesadilla “sus amores, puede leerse en Le Gaulois del 30 de septiembre de 1886, tuvieron por objeto mujeres fenómenos. Pasaba de la enana a la giganta, y reprochaba a la Providencia que negara la salud a aquellos seres privilegiados. Había perdido varias gigantas de tisis y dos enanas de gastritis. Al contarlo, suspiraba, se postraba en un profundo silencio y terminaba así, “una de estas enanas media solamente setenta y dos centímetros, en este mundo no se puede tenerlo todo, murmuraba filosóficamente”. De grado o a la fuerza, es preciso convenir, en que Baudelaire cuido particularísimamente este lado de su personaje, que persistió –este lado parece haber escapado milagrosamente al naufragio final-, que en cierta forma se sublimo en el curso de los años de decadencia intelectual que precedieron a su muerte. “cuando se miro al espejo, no se reconoció y saludo”; sus ultimas palabras, interrumpiendo un silencio de varios meses, fueron para pedir en la mesa, con la mayor naturalidad del mundo, que le pasaran la mostaza. El humor negro, en Baudelaire, revela por esta parte su pertenencia al fondo orgánico del ser. No tener en cuenta esta disposición electiva o pasarla por alto con indulgencia equivale a no comprender nada de su genio. Corrobora toda la percepción estética sobre la que descansa su obra, y desarrolla, en relación estrecha con ella, sobre el plan poético, la serie de preceptos que conmoverán toda la sensibilidad ulterior. “contar pomposamente cosas cómicas. – la irregularidad, es decir, lo inesperado, la sorpresa, la admiración son una parte esencial y la característica de la belleza. – dos cualidades literarias fundamentales: sobrenaturalismo e ironía. – la mezcla de lo grotesco y lo trágico es agradable al espíritu, como las discordancias a los oídos blasés. – imaginar un argumento para una bufonada lirica y mágica, para una pantomima, y traducir eso en una novela seria. Ahogar el todo en una atmosfera anormal y soñadora en la atmosfera de los grandes días… región de la poesía pura” (Fusées)

viernes, 30 de diciembre de 2011

CAPOTE, Truman, Prefacio de Música para camaleones


CAPOTE, Truman, Prefacio de Música para camaleones, RBA Editores, Barcelona, 1994, pág. 5.


Mi vida – como artista, por lo menos – puede ser proyectada en un gráfico con la misma precisión que una fiebre, registrándose altos y bajos, ciclos específicamente definidos.

Comencé a escribir a los ocho años, inesperadamente, sin la inspiración de un modelo. No conocía a nadie que escribiera. En realidad, apenas si conocía a alguien que leyera. El hecho era que sólo cuatro cosas me interesaban: leer, ir al cine, zapatear y dibujar. Luego, un día, empecé a escribir, sin saber que me había encadenado, de por vida, a un amo noble pero despiadado. Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación.

Pero, naturalmente, yo no lo sabía. Yo escribía historias de aventuras, novelas policiales, escenas cómicas, cuentos que me había narrado ex esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Me divertía muchísimo, al principio. Dejé de divertirme cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal, y luego hice un descubrimiento más alarmante aún: la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte. Una diferencia sutil, pero feroz. Después de eso, cayó el látigo.

Así como algunas personas practicaban el piano o el violín cuatro y cinco horas diarias, yo practicaba con mis lapiceras y papeles. Sin embargo, no mostraba a nadie lo que hacía. Si alguien me preguntaba en qué estaba ocupado todo ese tiempo, les decía que con mis tareas escolares. En realidad, nunca hacía tareas escolares. Las literarias me mantenían totalmente ocupado: se trataba de mi aprendizaje en el altar de la técnica, del oficio, de las endiabladas complicaciones de la división en párrafos, la puntuación, el empleo del diálogo, para no mencionar el gran diseño total, el gran arco que exige comienzo, medio y final. Había que aprender, y de tantas fuentes: no sólo de los libros, sino de la música, de la pintura, de la mera observación cotidiana.

En realidad, lo más interesante que escribí en ese tiempo fueron las simples observaciones cotidianas que asentaba en mi diario. Descripciones de un vecino. Largas transcripciones literales de conversaciones oídas. Chismes locales. Un tipo de reportaje, un estilo de “ver” y “oir” que más adelante influiría seriamente en mí, aunque entonces no me daba cuenta, pues todo lo “formal” que escribía, lo que pulía y pasaba cuidadosamente a máquina, era más o menos ficticio.

Ya a los diecisiete años era un escritor consumado. De ser pianista, ese hubiera sido el momento propicio para el primer concierto en público. Siendo escritor, decidí que era el momento de publicar. Envié cuentos a las principales publicaciones literarias y a las revistas de distribución nacional, que en aquellos días publicaban los cuentos de mayor “calidad”, como Story, The New Yorker, Harper’s Bazaar, Mademoiselle, Harper’s, Atlantic Monthly. Mis cuentos aparecieron, puntualmente, en las mismas.

Luego, en 1948, publiqué una novela: Otras voces, otros ámbitos. Fue bien recibida por la crítica y resultó un best seller. También, debido a una exótica fotografía de su autor en la contratapa, fue el comienzo de una cierta notoriedad que me ha perseguido todos estos años. En realidad, muchas personas han atribuido el éxito comercial de la novela a la foto. Otros restaron importancia al libro, como si se tratara de un extraño accidente: “Sorprendente que alguien tan joven pueda escribir tan bien”. ¿Sorprendente? ¡Sólo hacía catorce años que escribía, día tras día! En general, la novela fue una conclusión satisfactoria del primer ciclo de mi desarrollo.

Una novela corta, Desayuno en Tiffany’s, concluyó el segundo ciclo en 1958. Durante diez años experimenté con casi todos los estilos y formas literarios, intentando dominar una variedad de técnicas, lograr un virtuosismo tan fuerte y flexible como la red de un pescador. Por supuesto, fracasé en varias de las áreas que ensayé, pero es verdad que uno aprende más del fracaso que del éxito. Así fue en mi caso, y más adelante pude aplicar con gran provecho lo que aprendí. De todos modos, durante esa década de exploración escribí colecciones de cuentos cortos (Un árbol nocturno, Recuerdo de Navidad), ensayos y retratos (Color local, Observaciones, la obra contenida en Los perros ladran), obras de teatro (El arpa de hierba, Casa de flores), libretos para películas (Beat the Devil, The Innocents), y una enormidad de reportajes, la mayoría para The New Yorker.

En realidad, desde el punto de vista de mi destino creativo, lo más interesante que hice durante toda esta segunda fase apareció primero en The New Yorker como una serie de artículos, y posteriormente en un libro titulado Se oyen las musas. El tema era el primer intercambio cultural entre la Unión Soviética y los Estados Unidos: una gira hecha por Rusia, en 1955, por una serie de negros norteamericanos que representaban Porgy and Bess. Concebí toda la aventura como una breve novela cómica “verídica”, la primera de todas.

Unos años antes, Lillian Ross había publicado Picture, su historia de la filmación de una película, The Red Badge of Corage. Con sus rápidos cortes, las escenas retrospectivas o anticipatorios, era, en sí, como una película, y mientras la leía me preguntaba qué pasaría si la autora abandonara su dura disciplina lineal de reportaje directo y tratara el material como su fuera una novela: ¿ganaría o perdería el libro? Decidí ver qué pasaba, cuando se me presentara el tema apropiado. Porgy and Bess en Rusia, en pleno invierno, me pareció apropiado.

Se oyen las musas recibió críticas excelentes; incluso fue elogiada por medios generalmente poco benévolos conmigo. Aun así, no llamó especialmente la atención, y las ventas fueron moderadas. Sin embargo, el libro fue un acontecimiento importante para mí: mientras lo escribía, me di cuenta de que podría haber hallado solución a lo que siempre había sido mi mayor dilema creativo.

Desde hacía muchos años me sentía atraído hacia el periodismo como una forma de arte en sí mismo, por dos razones: primero, porque me parecía que nada verdaderamente innovador se había producido en la prosa, o en la literatura en general, desde la década de 1920, y segundo porque el periodismo como arte era casi terreno virgen, por la sencilla razón de que muy pocos escritores se dedicaban al periodismo y, cuando lo hacían, escribían ensayos de viaje o autobiografías. Se oyen las musas me hizo pensar de una manera totalmente distinta. Yo quería escribir una novela periodística, algo en mayor escala que tuviera la verosimilitud de los hechos reales, la cualidad de inmediato de una película cinematográfica, la profundidad y libertad de la prosa y la precisión de la poesía.

Sólo en 1959 un misterioso instinto dirigió mis pasos hacia el tema –un oscuro caso de asesinato en una región aislada de Kansas- y finalmente, en 1996, pude publicar el resultado: A sangre fría.

En un cuento de Henry James, creo que The Middle Years, el protagonista, que es un escritor en las sombras de la madurez, se lamenta: “Vivimos en la oscuridad, hacemos lo que podemos; el resto es la locura del arte”. Dice esto, más o menos. De todos modos, James habla con toda franqueza, nos dice la verdad. Lo más oscuro de la oscuridad, lo peor de la locura, es el inexorable riesgo que entraña. Los escritores, al menos los que están dispuestos a correr verdaderos riesgos, los que se aventuran a todo, tienen mucho en común con otra raza de solitarios: los que se ganan la vida jugando al billar y a los naipes. Muchos pensaron que estaba loco al pasar seis años recorriendo las llanuras de Kansas; otros rechazaron mi concepción de la “novela verídica”, decretándola indigna de un escritor “serio”. Norman Mailer la describió como “un fracaso de la imaginación”, queriendo decir, supongo, que un novelista debería escribir sobre algo imaginario y no sobre algo real.

Sí, fue como jugar al poker con apuestas altísimas. Durante seis largos años, en que sentí los nervios desquiciados, no supe si tenía o no un libro. Fueron largos veranos y helados inviernos, pero y seguía firme ante la mesa de juego, jugando la mano lo mejor posible. Luego, resultó que sí tenía un libro. Varios críticos se quejaron que “la novela no ficticia” era un término para llamar la atención, un fraude, y que no había nada de nuevo ni original en lo que yo había hecho. Otros, sin embargo, opinaron de manera distinta. Se dieron cuenta del valor de mi experimento y pronto lo pusieron en práctica. Nadie fue más rápido que Norman Mailer, que ganó mucho dinero y obtuvo muchos premios con sus novelas no ficticias (Los Ejércitos de la Noche, Of a Fire on the Moon, La Canción del Verdugo), si bien ha tenido mucho cuidado en no describirlas nunca como “novelas verídicas”. No importa: es un buen escritor y un gran tipo, y estoy agradecido por haber podido hacerle un pequeño favor.

La zigzagueante línea en el gráfico de mi reputación como escritor alcanzó una altura saludable, y allí la dejé un tiempo antes de pasar a mi cuarto ciclo, que supongo será el último. Durante cuatro años, aproximadamente entre 1968 y 1972, me dediqué a leer, seleccionar, corregir y clasificar mis propias cartas, las de otras personas, mis diarios (que contienen descripciones detalladas de cientos de escenas y conversaciones) correspondientes al período 1943-1965. Tenía la intención de utilizar gran parte de ese material en un libro que planeaba desde hacía años: una variante de la novela verídica. Lo titulé Answered Prayers (Plegarias escuchadas), que es una cita de Santa Teresa, quien dijo: “Se derraman más lágrimas por plegarias escuchadas que no escuchadas”. Comencé a trabajar en este libro en 1972, escribiendo primero el último capítulo (siempre es bueno saber adónde va uno). Luego escribí el primero, “Monstruos no malcriados”, después el quinto, “Un severo insulto al cerebro”, a continuación el séptimo, “La côte basque”. Proseguí de esta forma, escribiendo distintos capítulos fuera de secuencia. Pude hacerlo porque el argumento –o argumentos, más bien- eran verídicos, y todos los personajes, reales. No era difícil recordarlo todo, pues no había inventado nada. Sin embargo, no fue mi intención escribir un roman à clef, ese género en que los hechos se disfrazan de ficción. Mis intenciones eran lo opuesto: quitar los disfraces, no fabricarlos.

En 1975 y 1976 publiqué cuatro capítulos del libro en la revista Esquire. Esto enojo en ciertos círculos, en los que se tuvo la sensación de que yo estaba traicionando confidencias, maltratando a amigos y / o a enemigos. No quiero discutir esto; se trata de política social y no de mérito artístico. Diré solamente que todo lo que tiene el escritor para trabajar es el material que ha reunido como resultado de su propio esfuerzo y de sus observaciones, y no se le puede negar el derecho de usarlo. Se podrá condenar su uso, pero no negárselo.

No obstante, interrumpí Answered Prayers en setiembre de 1977, hecho que nada tuvo que ver con la reacción pública recibida por las partes ya publicadas. La interrupción se debió a que yo estaba pasando un momento terrible: atravesaba una crisis creativa y personal al mismo tiempo. Como la faz personal no estaba relacionada, excepto muy tangencialmente, con la creativa, sólo es necesario referirme al caos creativo.

A pesar de que fue un verdadero tormento, ahora me alegro de que haya ocurrido. Después de todo, alteró mi concepción total de la literatura, mi actitud hacia el arte, la vida, el equilibrio entre ambos y mi comprensión de la diferencia entre lo verdadero y lo realmente verdadero.

Por empezar, creo que la mayoría de los escritores, incluso los mejores, recargan las tintas. Yo prefiero aligerarlas, usar un estilo simple y cristalino como un arroyo de campo. Descubrí que mi estilo se volvía demasiado denso, que me llevaba tres páginas conseguir efectos que debería lograr en un solo párrafo. Volví a leer y a releer todo lo que había escrito en Answered Prayers, y empecé a tener dudas, no acerca del material o de mi enfoque, sino de la textura del estilo. Releí A sangre fría y tuve la misma reacción: en muchas partes el estilo no era tan bueno como debería ser, y no liberaba todo el potencial. Lentamente, con una alarma que iba en aumento, volví a leer que nunca, ni una sola vez en mi carrera de escritor, había explotado toda la energía ni toda la excitación estética contenidas en el material. Me di cuenta de que, hasta en las mejores partes, trabajaba con la mitad, e incluso un tercio, de las posibilidades que tenía. ¿Por qué?

La respuesta, que me fue revelada después de meses de meditación, era sencilla pero no muy satisfactoria. No hizo nada, por cierto, para disminuir mi depresión. Por el contrario, la empeoró. La respuesta creaba un problema aparentemente insoluble y, si no podía solucionarlo, mejor era dejar de escribir. El problema era el siguiente: ¿cómo puede un escritor combinar con buen resultado dentro de una sola forma –digamos el cuento- todo lo que sabe de todas las otras formas literarias? Pues a esto se debía el que mi obra estuviera, a menudo, iluminada insuficientemente: el voltaje existía, pero al restringirme a las técnicas de la forma en la que escribía en ese momento, no utilizaba todo lo que sabía del arte de escribir, todo lo que había aprendido de libretos, obras de teatro, reportajes, poesías, cuentos, nouvelles, novelas. Un escritor debía tener a su disposición, sobre su paleta, todos los colores, todas las habilidades para poderlos combinar y, cuando fuera apropiado, aplicar simultáneamente. La pregunta era: ¿cómo?

Retomé Answered Prayers. Descarté un capítulo y volví a escribir tros dos. Mejor, decididamente, mucho mejor. Pero la verdad era que debía volver al jardín de infantes. Allí estaba, otra vez, frente a una mesa de juego, aunque excitado, pues me sentía iluminado por un sol invisible. Aun así, mis primeros experimentos fueron torpes. Me veía como a un niño con una caja de lápices de colores.

Desde el punto de vista técnico, la mayor dificultad que tuve al escribir A sangre fría fue no participar. Por lo general, el periodista tiene que entrar en la obra como personaje, como observador testigo, si es que quiere mantener el libro dentro del plano de lo verosímil. Yo sentía que era esencial, para el tono aparentemente objetivo del libro, que el autor permaneciera ausente. En realidad, en todos mis reportajes, siempre intenté mantenerme lo más invisible que fuera posible.

Ahora, sin embargo, me coloqué en el centro del escenario y empecé a reconstruir, de una manera severa y mínima, conversaciones cotidianas con personas comunes: el encargado de mi edificio, un masajista en el gimnasio, un viejo compañero de escuela, mi dentista. Después de escribir cientos de páginas sencillas, llegué a conseguir un estilo. Había descubierto un marco dentro del cual podía asimilar todo lo que sabía del arte de escribir.

Más tarde, utilizando una versión modificada de esta técnica, escribí una nouvelle verídica (Féretros tallados a mano) y una cantidad de cuentos. El resultado es el presente volumen, Música para camaleones.

¿Cómo ha afectado todo esto al resto de mi obra en preparación, Answered Prayers? Considerablemente. Mientras tanto, heme aquí solo, sumido en mi oscura locura, completamente solo con mi mazo de naipes y, por supuesto, con el látigo que Dios me dio.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Walter Benjamín, Libro de los Pasajes



1. pasaje des Deux-soeurs (Paris).
2. pasaje du Caire (Paris)
germaine krull
Ilustraciones del libro de los psajes de Walter Benjamin


Walter Benjamín, Libro de los Pasajes. "Proyectos iniciales"

En la Avenida de los Campos Elíseos, entre hoteles nuevos con nombres anglosajones, se abrieron hace poco unas arcadas, dando así lugar al mas reciente pasaje parisino. Para su inauguración, una enorme orquesta uniformada toco ante parterres de flores y gráciles surtidores. La gente se amontonaba entre murmullos en los umbrales de arenisca a lo largo de grande espejos, veía caer una lluvia artificial sobre las entrañas de cobre de los automóviles mas recientes como prueba de la bondad del material, veía moverse ruedas en aceite, leía en pequeños carteles negros las cifras en cristal strass de los precios de los artículos de piel, de los discos de gramófono y de los kimonos bordados. Bajo una difusa luz cenital, la gente se deslizaba sobre baldosas. Mientras que aquí se ha preparado un nuevo pasaje para el parís de ultima moda, ha desaparecido uno de los mas antiguos de la ciudad, el pasaje lÓpera, devorado por la irrupción del bulevar Haussmann. Tal como iso esa notable galería hasta hace poco, algunos pasajes conservan aun hoy, entre luz chillona y rincones oscuros, un pasado echo espacio. Algunos anticuados negocios se aferran a estos espacios interiores, y la mercancía expuesta en ellos es confusa, o tiene muchas interpretaciones. En las puertas de entrada (lo mismo se puede decir que son puertas de salida, pues en estas extrañas formas que mezclan casa y calle toda puerta es entrada y salida a la vez) , los carteles y letreros tiene ya algo enigmático. Las inscripciones se repiten luego dentro, donde, entre percheros sobrecargados, alguna que otra escalera de caracol sube hacia la oscuridad. Albert au 83 bien podría ser un peluquero, y los maillots de théatre serán camisetas de seda, pero esas letras insistentes quieren decir algo mas. Quien tuviera valor para subir la desgastada escalerilla que conduce al instituto de belleza del profesor Alfred Bitterlin. Umbrales de mosaico al estilo de los viejos restaurantes del Palais Royal conducen a un Diner de Paris, dando a una puerta de cristal tras la que tan improbable resulta que haya realmente un restaurante. Y la siguiente puerta de cristal, que promete un casino y deja ver algo como una taquilla anunciando los precios de las localidades, ¿no conducirá, cuando la abramos a la oscuridad, a un sótano o a la call, en lugar de a una sala de teatro? sobre la taquilla se almacenan de un golpe medias, otra vez medias, como arriba, en el sanatorio de muñecos, y antes, junto al mostrador de despacho de licores. – en los animados pasajes de los bulevares, como en los algo vacíos de la calle Saint-Denis, se exponen paraguas y bastones en apretadas filas: una falange de pomos multicolores. Son frecuentes los institutos de igiene, donde se ven gladiadores con fajas, mientras que los vendajes se ciñen alrededor de blancos vientres de maniquí. En las ventanas de las peluquerías se ve a las ultimas mujeres con cabello largo, mostrando mechones profundamente ondulados: petrificados recorridos del cabello. Que frágil se ve, al lado y arriba, la fabrica de las paredes: ¡papel mache en plena descomposición! Los souvenirs y bibelots resultan espantosos; reposa al acecho la odalisca junto al tintero; adoradoras en camisas de punto levantan ceniceros como acetres. Una librería pone manuales sobre el amor junto a estampitas de colores; hace cabalgar a Napoleón en Marengo junto a las memorias de una doncella de cámara, y entre un libro de sueños y otro de cocina, hace marchar a antiguos ingleses por los caminos ancho y estrecho del evangelio. Se conservan en los pasajes modelos de botones de cuello cuyo correspondientes cuellos y camisas ya no conocemos. Si una zapateria esta junto a una confitería sus cordones se parecen al regaliz. Sober sellos y cajas de imprenta ruedan balduques y ovillos de seda. Desnudos torsos de muñecos con cabezas calvas esperan su pelo y su vestido. Verde rana y rojo coral, los peines nadan como en un acuario, las trompetas se vuelven conchas, las ocarinas pomos de paraguas, hay alpiste en las cubetas de la cámara oscura. Tres sillas de felpa con tapetes de ganchillo tiene el vigilante de la galería en su garito, pero al lado hay una tienda vacía, de cuyo inventarios solo quedo un letrero, que pretende comprar dentaduras de oro, de cera y rotas. Aquí en la parte tranquila del pasillo lateral personas de ambos sexos pueden convertirse en personas de servicio, donde tras el cristal se a instalado un decorado de comedor. Sobre la tela de apagados tonos de la pared, llena de cuadros y bustos de bronce, arroja su luz una lámpara de gas. Junto a ella lee una anciana. Esta sola, como desde hace años. La galería se vacia ahora cada vez mas. En la subida de una escalera, un pequeño paraguas rojo de ojalata hace de reclamo de una fabrica de varillas de paraguas; un polvoriento tocado de novia promete una tienda de lazos para bodas y banquetes. Pero ya no hay quien lo crea. Escalera de incendios, canalones: estoy en la calle. Enfrente hay otra vez algo como un pasaje., una especie de abovedado, y dentro un callejón que va hasta un Hotel de Boulogne o de Bourgogne con una sola ventana. Pero ahí ya no tengo que entrar; subo por la calle hasta el arco del triunfo que gris y gloriosomente se erigio a Ludovico Magno. En las pirámides en relieve de sus ascendentes pilares reposan leones, cuelgan armas y trofeos desvaídos.

jueves, 28 de enero de 2010

El Negro Blanco, Norman Mailer 1957

(...). Uno ha de ser “Hip” o “Square” -alternativa que cada nueva generación que se adentra en la vida americana está empezando a sentir-, uno es rebelde o uno se conforma, uno es un fronterizo en el lado más salvaje de la noche norteamericana o es una celda cuadrada (“square”), atrapado en el tejido totalitario de la sociedad, condenado a la fuerza del conformismo que lo catapulte al éxito.

Una sociedad totalitaria ejerce demandas enormes en el ánimo de los hombres, y una parcialmente totalitaria ejerce aún más grandes demandas con el fin de que la ansiedad general crezca. Verdaderamente, si uno se persigna en ser un hombre, es frecuente que todas las acciones convencionales precisen de un ánimo desproporcional, de modo que no es accidental que la fuente del Hip sea el Negro ya que éste ha vivido en la frontera lindera entre totalitarismo y la democracia durante dos siglos. No obstante, la presencia del Hip en tanto filosofía proletaria de los submundos de la vida norteamericana se debe al jazz y su aguda entrada en la cultura, su subliminal pero penetrante influencia (en algunos casos consciente, en otros por ósmosis) sobre la generación de la vanguardia, aquella generación de aventureros de la post-guerra que absorbiera la lección de disgusto y desilusión que trajeron los años veinte, la Depresión y la Guerra. Al compartir una descreencia colectiva frente a las palabras de aquéllos que tenían ya demasiado dinero, ya demasiado control, juzgaron igualmente poderoso el descreer en la monolíticas ideas del hombre común, la solidez de la familia y el respetable amor por la vida; y si bien el antecendente intelectual de esta generación podría ser trazado a partir de las más diversas influencias -desde D.H Lawrence y Henry Miller hasta Wilhelm Reich- fue la filosofía de Hemingway la que se creyó más viable: en un mundo fatal -como Hemingway lo dijera una y otra vez- no existe amor ni caridad ni piedad ni justicia a menos que un hombre sepa mantener su valor. Pero aún más precisamente, sería el imperativo categorial hemingwayano de que aquello que te hace sentir bien es, consecuentemente, El Bien, lo que encajara mejor en la necesidad del nuevo aventurero. (...)


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